Síntesis Histórica de Tepatitlán

Etimología

El nombre de Tepatitlán (Tecpatitlán) proviene de la lengua náhuatl, y se le atribuyen dos acepciones:

  • TECPATL: piedra dura.
  • TI: partícula eufónica (para un mejor sonido).
  • TLAN: lugar.

Y por ello vendría a ser "Lugar de Piedra dura", pero otros investigadores como el Profr. José María Arreola basados en diccionarios de náhuatl, entre ellos el de Remí Simeón, le atribuyen diferente significado:

  • TECPATL: cuchillo sagrado.
  • TI: partícula eufónica (para mejorar el sonido).
  • TLAN: lugar

Y en este caso resultaría como segunda hipótesis, "Lugar del Cuchillo Sagrado". Es conveniente aclarar que la palabra "Técpatl" tiene solamente dos acepciones: sílex o pedernal, y cuchillo sagrado. Ahora bien, las etimologías nahuas eran muy lógicas y siempre hacían referencia a lo que abundaba en cada región o poblado. Mezquititlán era lugar de mezquites (mezquitl) porque abundaban ahí: Tototlán significa lugar de pájaros (tototl), porque siendo parte de La Ciénega había muchas aves: en Techaluta había muchas ardillas (techalotl) y así sucesivamente. Aquí no hay pedernales… luego, podría ser el otro significado, y como en los últimos descubrimientos hechos en el cerro de El Chiquihuitillo,[…] de esta jurisdicción fue encontrado un cuchillo ceremonial hecho de aleación de oro con cobre, parece confirmar esta segunda etimología, puesto que debió ser algo muy notable, ya que nuestros indígenas, los tecuexes, estaban en la edad de piedra a la llegada de los españoles, y desconocían los metales. (En su obra "Nombres Indígenas de Lugares del Estado de Jalisco", Edición del Instituto Jalisciense de Antropología e Historia (1933) el notable lingüista y nahuatlato Profr. José María Arreola, apunta: "Tepatitlán: lugar donde se venera el Cuchillo Sagrado").

Por otra parte, la citada pieza tiene una increíble semejanza con los "tumi" del Perú, y como asegura la arqueóloga alemana Patricia Rieff Anáhualt, existía un comercio regular entre el Occidente de México y las costas del Perú y Manabí en Ecuador, se apunta la posibilidad de que provenga de tan lejanos lugares, tanto y más que se encontraron también "hachas moneda" y cascabeles de aquella procedencia, junto con caracoles que sólo hay allá. Tecpatl también significa el Norte y el otoño.

Escudo de Armas

El escudo de armas de Tepatitlán se presenta en cuatro cuarteles. El Cuartel Diestro del Jefe ostenta la imagen del Señor de la Misericordia sobre la encina en la que se formó milagrosamente. El Cuartel Siniestro del Jefe, (superior izquierdo) muestra un torreón “donjonado” (con dos cuerpos) simbolizando el de abajo que Tepatitlán fue una fortaleza contra los chichimecas que bajaban del Cerro Gordo para atacar las caravanas de viandantes que iban rumbo a Guadalajara. El segundo cuerpo conmemora otro período heroico, cuando volvió a ser baluarte durante la Guerra Cristera, haciendo honor a la divisa que flamea sobre el morrión: “Arx Christi Sumus” (Somos Fortaleza de Cristo). En derredor del torreón se contemplan tres cerros: El Pandillo, El Cerro Gordo y el de Picachos que se yerguen frente a Tepatitlán. La cruz de San Andrés flamea sobre el torreón. 

En el cuartel diestro de punta (inferior derecho) se ve el blasón de la ciudad andaluza de Úbeda, patria de Pedro Almíndez Chirinos, el conquistador, que muestra a San Miguel Arcángel, vencedor del dragón infernal, y en la bordura 12 leones rampantes, símbolo del ardimiento y el valor. En el cuartel siniestro de punta (inferior izquierdo), la Cruz del Santo Sepulcro o Cruz de San Francisco, simbolizando que los franciscanos evangelizaron la ciudad. Al derredor del escudo hay lambrequines o follaje heráldico, que junto con el yelmo, señal de hidalguía, recuerdan que esta tierra es de apellidos “hidalgos” (hijos de algo), pues los 117 apellidos de esta región, tenidos como originales, fueron ganados en hechos de armas. Sobre el morrión flota un airón de plumas.

Datos Geográficos

Situado en la región Altos Sur, el Municipio de Tepatitlán tiene una extensión de 1,447 Kms2 (144,700 Has) y está situado entre los 21,01'30", y los 20,35'00" Latitud Norte, y los 102,33'10" y los 102,49'00" Longitud Oeste. Según el censo de 2010 cuenta con 136,000 habitantes en el Municipio, y a la cabecera le dan poco menos de 100,000.

Límites:

  • Norte: Yahualica, Valle de Guadalupe y Cañadas de Obregón.
  • Sur: Tototlán y Atotonilco.
  • Este: San Miguel el Alto, San Ignacio Cerro Gordo y Arandas.
  • Oeste: Cuquío Acatic y Zapotlanejo.
  • Altura Sobre el Nivel del Mar: 1,780 Mts.

La cabecera municipal tiene un área urbana de 1,450 Has. con el 60% de viviendas de buena calidad: 25% de calidad regular y el 15% de mala calidad.

Delegaciones:

Agencias Municipales: San José de Bazarte y Ojo de Agua de Latillas.

Clima: templado sub húmedo.

Temperaturas Promedio: Máx. 39, Mín. 7.

Días Soleados: 320

Días con Lluvia: 80

Días con Heladas: menos de 20

Precipitación Pluvial Media: 800-900 mm.

Resumen Histórico

La Conquista, La Colonia y El Virreinato

Tepatitlán existe como centro de población desde antes de La Conquista, habitado por los indios tecuexes cuyo nombre significa "crueles y sanguinarios". Según las crónicas antiguas, cuando los aztecas iniciaron allá por el año 1200 DC su peregrinación procedentes de Aztlán, rindieron por la fuerza de las armas a todos los pueblos por donde pasaron, rumbo a la laguna donde según la leyenda encontrarían un águila posada sobre un nopal, y devorando una serpiente, pero le sacaron la vuelta a Tecpatitlán, que siendo un pueblo pobre y belicoso en extremo, no valía la pena enfrentarlo.

Según el cronista P. Tello, el capitán Pedro Almíndez Chirinos, de las huestes de Nuño Beltrán de Guzmán, llegó a Tepatitlán el año de 1530, tras de la cruenta batalla de Coyna (Tototlán), y fue recibido amistosamente por el cacique Mapelo (Mapilli), quien lo agasajó y condujo hasta la tierra de los zacatecos. En esta región el indigenismo y la hispanidad fueron dos corrientes históricas que transcurrieron juntas, pero no llegaron a mezclarse como en otras regiones: ni los indios lo propiciaron y los españoles tampoco… Hasta 1707 (177 años después de La Conquista) Tepatitlán era pueblo de indígenas donde no podían entrar los españoles. Discriminación "al revés" que se dio en algunos poblados alteños, y que no muchos historiadores consignan. En 1707 se fundó la Villa de San José de Bazarte para los españoles y criollos, pero tuvo una vida efímera, porque en 1770 se tuvieron que rematar sus bienes por un adeudo. Los españoles siguieron necesitando de la licencia real para habitar en pueblos indígenas.

Cuando la rebelión de El Mixtón en 1541, a donde confluyeron los indígenas desde las lejanas costas de Cihuatlán en el Pacífico hasta la Sierra de Comanja y Durango, los tecuexes de Tepatitlán no concurrieron a la batalla, por la amistad de su cacique Pantécatl con el capitán español Juan de Villalba, y de esa manera se libraron de la extinción, ya que según el cronista Tello, murieron cinco de cada seis nativos que subieron al cerro […] FOTO MURAL 5 SIGLOS…

El Virreinato

Apenas 10 años después de semejante masacre étnica, una terrible epidemia de chahuistli o cocolistli que se cebó exclusivamente en los naturales, el cronista repite el dato: murieron cinco de cada seis indígenas, con lo que casi se despobló el territorio… Y no fue una peste exótica, sino una simple influenza española contra la que los indios no poseían defensas. ¡Hasta las epidemias eran racistas!

Finalizada la etapa de La Conquista, nuestra gente vivió durante El Virreinato la vida plácida pero activa que propiciaba la ganadería extensiva y el cultivo de las tierras, interrumpidos sólo por esporádicos ataques de los chichimecas. La existencia giraba en torno de la iglesia y sus enseñanzas; todas las rancherías asistían a misa los domingos y los mesones apenas daban abasto para contener el gran número de cabalgaduras.

La Guerra de Independencia

Durante la Guerra de Independencia el grueso de la población tepatitlense estaba a favor del "orden establecido", lo que equivale a decir que era realista, y a pesar de ello, algunos, como el coronel Albino Barajas, Antonio Segura y pocos más, pelearon al lado del Padre Hidalgo y estuvieron con él en la Abolición de la Esclavitud y en la Batalla del Puente de Calderón, jurisdicción de Tepa en ese tiempo. […] BATALLA DE CALDERÓN (descripción)

Durante las Guerras de Reforma, Tepatitlán elevó su protesta junto con 87 de los 103 municipios existentes en Jalisco, en contra de esas leyes "que no interpretaban el sentir de su gente", y 134 prohombres del municipio, firmaron ese manifiesto.

La Intervención Francesa

Cuando la Intervención Francesa estuvo aquí acantonada la Legión Extranjera, zuavos argelinos del norte de África, que no fraternizaron con la población, y eso echa por tierra el mito de que "un batallón francés se perdió aquí", y que dio origen a tanta gente rubia de ojos de color azul o verde.[…] Tres tepatitlense connotados tomaron parte en esa lucha contra el ejército invasor: El coronel Antonio Rojas, un forajido que se enroló en las "gavillas juaristas" […] BIOGRAFÍA Y FOTO. El General Juan N. Ibarra, firmante de la Constitución de 1857[…] BIOGRAFÍA Y FOTO y el coronel Zeferino Martín del Campo.

Cuando el Presidente Juárez, una vez lograda la paz, licenció su ejército, una masa de 40,000 hombres, que sólo sabían combatir y matar, se halló de pronto desocupada y por todo el país proliferaron las gavillas de salteadores de caminos. La inseguridad era una constante de esos tiempos hasta que el Presidente Porfirio Díaz encargó al sanmiguelense Gral. Francisco Ramírez aquel "mátalos en caliente" y pacificó la región.

La Revolución Mexicana

De la Revolución Mexicana en Tepatitlán puede decirse que llegó y se fue, porque no habiendo aquí las grandes haciendas y latifundios que en otras latitudes, ni peones acasillados ni tiendas de raya, no había materia para alimentar la hoguera revolucionaria. Circularon profusamente los "bilimbiques" o billetes de la Revolución, tan hermosos como carentes de valor, emitidos por las diversas facciones en pugna, y algunos comerciantes locales, obligados a vender sus mercancías a la soldadesca, fueron a la quiebra, pero salvo eso, y los préstamos forzosos que algunos generales impusieron al ayuntamiento y al Sr. Cura, mas la expropiación que hicieron de los fondos de la Tesorería Municipal, podemos decir que aquí no pasó nada…

En efecto, el dueño de la "casa grande" -que no hacienda- era el pariente rico y sus parientes pobres eran los medieros y peones, que lo respetaban como a un verdadero patriarca, y él los trataba con cierto paternalismo, que no excluía las jornadas de sol a sol que se acostumbraban en esos tiempos, ni el mísero jornal de "dos reales y almud de máiz" (SIC), y sin embargo no había rebeliones. Si bien hubo terratenientes que practicaban asiduamente la injusticia social con sus jornaleros y peones, no eran una mayoría significativa como para justificar la violencia colectiva. Años después, sin embargo, hubo un acontecimiento violento que marcó para siempre a la región:

La Guerra Cristera

Llamada así porque el grito de guerra de los alzados en armas era: ¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe! y ardió de 1926 a 1929, sin haber apenas familia alteña que no tuviera a alguno de sus miembros militando con los rebeldes, y alguno que otro con los federales.

La chispa que encendió el fuego fue la aprobación de la llamada Ley Calles, que restringía seriamente la libertad de cultos para la iglesia católica, y ante esa situación la jerarquía eclesiástica respondió suspendiendo indefinidamente las ceremonias del culto "por no haber la libertad para celebrar con la debida dignidad los misterios sagrados, ni la impartición de los sacramentos", y ello provocó la rebeldía, generalizada en Los Altos, donde los levantamientos no se hicieron esperar.

El primer brote rebelde de significación sucedió en Valparaíso, Zac. donde se levantaron en armas 15 hombres, y de inmediato ardió el Norte de Jalisco. En Los Altos tuvo lugar el combate de San Julián, donde el cabecilla cristero Padre J. Reyes Vega "El Pancho Villa de Sotana", y Victoriano Ramírez "El Catorce", destrozaron con pocos hombres, los regimientos del Gral. Espiridión Rodríguez, que tuvo que huir abandonando hasta su casaca y su garniel. […]

En Tepatitlán, el cabecilla cristero "Güero" Mónico Velázquez puso sitio a la ciudad, defendida por Quirino Navarro, pero se les acabó el parque a los rebeldes y tuvieron que abandonar la plaza. […]

Pese a quien le pese, la simpatía por los rebeldes era manifiesta en los poblados alteños, y tanto fue así, que el gobierno federal decretó las llamadas "Reconcentraciones", para que los campesinos no ayudaran o se revolvieran con los cristeros, pero lograron el efecto contrario, porque se exacerbó el resentimiento de la gente y hubo más levantamientos, como consta en los partes de guerra y en los telegramas de Quirino Navarro existentes en el Archivo Histórico Municipal.

El tepatitlense Anacleto González Flores fue el ideólogo de la lucha por la libertad religiosa, y a ejemplo del Mahatma Gandhi, de quien era admirador, jamás tomó las armas y predicó la resistencia pasiva hasta pagar con su vida, pero la hoguera estaba ardiendo, y el asesinato de cientos de sacerdotes exacerbó los ánimos. En las calles de Tepatitlán tuvo lugar el combate más cruento de toda la guerra, y el Padre Vega deshizo un cuerpo de ejército del Gral. Saturnino Cedillo al mando del también general Pablo Rodríguez quien dejó más de 3,000 cadáveres de soldados y agraristas tendidos por las calles, y como venían engañados con la promesa da darles tierras en Los Altos, los rebeldes les arrojaban puños de tierra en la cara a los cadáveres y les decían -¿Vinites por tierra? ¡Pos tómala! […]

Al poco tiempo dos obispos ancianos pactaron con el gobierno federal, y arrogándose la representación de toda la jerarquía, firmaron unos " arreglos ", que prácticamente entregaron a los cristeros maniatados en manos de sus enemigos. Aquí en Tepatitlán se firmó en la Plaza de Armas el verdadero armisticio que puso fin a las hostilidades, aunque no a los asesinatos de cristeros ya amnistiados. Murieron más después del cese al fuego que en todos los combates juntos.

Los tepatitlenses, al margen de nuestra actual ideología, nos sentimos orgullosos de lo que aquí entonces pasó, porque fue la respuesta vigorosa de un pueblo valiente que no se dejó pisotear.

La Guerra Cristera fuel el acontecimiento histórico de mayor importancia acontecido aquí, porque marcó para siempre a tres generaciones, y sus efectos siguen haciéndose sentir en el carácter de los alteños.

En 1939 Tepatitlán encabezó la protesta de toda la región alteña, contra la educación socialista implantada por el presidente Lázaro Cárdenas, y sin embargo, el mandatario escribió de su puño y letra una apostilla al margen de un acta del cabildo tepatitlense: "Felicito a los padres de familia de Tepatitlán por el empeño que ponen en la educación de sus hijos". Él tuvo mando de tropas en Los Altos cuando la Cristera.

El Despegue a la modernidad:

El año de 1954 marcó un parteaguas en la economía de nuestra ciudad, cuando el Ministro de Agricultura don Gilberto Flores Muñoz vino a Tepatitlán y ofreció créditos blandos y toda suerte de apoyos para la entonces incipiente avicultura. A partir de entonces se diversificaron enormemente las actividades agrícolas y ganaderas y no ha parado su crecimiento, hasta llegar a ser el primer municipio productor de proteína animal en México.

En la actualidad, como ciudad media que es, Tepatitlán es un motor regional y polo de atracción, que a pesar de algunas carencias, deja sentir su influencia en Jalisco y en México.

Cronología de hechos Históricos

  • 1530 Llegan a estas tierras las huestes españolas encabezadas por el Capitán Pedro Almíndez Chirinos
  • 1811 El 19 de abril, el pueblo presta su apoyo al cura Ramos quien sitió a Tepatitlán, luchando encarnizadamente durante ocho horas consecutivas, contra los llamados "Fieles Realistas", al cabo de las cuales pudo tomar la plaza.
  • 1824 El 27 de marzo, se le concede a Tepatitlán el título de "Villa".
  • 1864 El primero de enero, Tepatitlán fue invadido por las tropas francesas de zuavos argelinos (del Norte de África) que venían al mando del General Bazaine, y que destruyeron parte del Archivo Municipal. Posteriormente varios destacamentos al mando de los comandantes franceses Munier y Ceynet lucharon encarnizadamente contra las guerrillas chinacas, que al mando de Rafael Nuñez, alias "El Chivo", Mauro Vázquez, Lucio Benavides, Félix Pérez, Francisco Cabrera, y otros cabecillas, luchaban por la libertad, muy especialmente el tepatitlense Coronel José Antonio Rojas, que al frente de sus mil jinetes "Rojeños" tomó en sólo un mes cuatro plazas importantes y bastante separadas entre sí: Zacatecas, Aguascalientes, Ciudad Guzmán y Tepic.
  • 1883 El 20 de septiembre, se publicó el decreto número 41, mediante el cual la Villa de Tepatitlán fue declarada ciudad por el Gobernador de Jalisco.
  • 1927- 1929 Tepatitlán fue testigo y actor en las luchas entre Cristeros y Federales durante la Guerra Cristera; dentro de su perímetro urbano se libró la más sangrienta batalla de toda la contienda, y en ese solo día el ejército federal resintió más de 3000 bajas.

Actividades Económicas

Somos el primer municipio del país productor de proteína animal, con más de 20 millones de aves en postura, con 15 millones de huevos diarios, y que generan 6,000 empleos directos; 7 millones anuales de pollos para el plato; 65,000 cabezas de ganado lechero; 75,000 cabezas de ganado de carne; 200,000 vientres porcinos que producen más de 2 millones y medio de cerdos por año. […]

  • Primarias: (35%) Avicultura, Agricultura, (agave, maíz, sorgo, praderas inducidas, flores, setas Etc.) Ganadería de leche y carne, Porcicultura, ganado ovicaprino.
  • Secundarias: Industria alimenticia (lácteos, cárnicos, huevo) industria de colchas y edredones, fabricación de implementos avícolas y agrícolas, industria metalmecánica, destilación de tequila, miel de agave, inulina. […]
  • Terciarias: Comercio y servicios: (hotelería, transporte, gastronomía)

Patrimonio Cultural de Tepatitlán

Patrimonio Intangible

Nada turba la quietud campirana del paisaje: solamente las torres recortadas contra el cielo, y el esparcido caserío contempla el viajero que se adentra en Los Altos de Jalisco.

Tierra roja con heridas de viejos deslaves, a cuyas grietas se aferran los raquíticos huizaches cuyas raíces no logran arrancar las torrenteras… Ahí, recostada en la agreste ladera que mira hacia el Oriente, la Perla de Los Altos espera a los viandantes.

Es un remanso de paz bajo el espléndido cielo que solamente disfrutan las regiones privilegiadas del planeta: diamantina transparencia de azul en cálido contraste con la vibración intensa de color rojo, de una tierra entrañablemente amada que sufrió de erosión y deterioro.

La tierra de Los Altos de Jalisco… Tepatitlán.

Tierra soñada a la que cantó el poeta, enrojecida por igual con el óxido de hierro que nace en sus entrañas, y la sangre de mil generaciones que van desde los primigenios habitantes, en lucha constante contra las bestias feroces que supone la prehistoria, hasta las huestes heroicas de nuestras luchas libertarias, cuyo recuerdo se escucha aún en los corridos populares: cantares de gesta en cuyas coplas pelea Quirino Navarro y cabalgan los cristeros.

Pequeña ciudad de provincia con aires de gran señora y capital del mundo, que aspira a lo grande y disimula sus carencias, confiada en el tesón inquebrantable de sus hijos, que nada piden porque han aprendido a vivir de sus afanes.

Yo te invito, forastero, a que vengas a mi tierra y convivas con mi gente, y si a ti te pasare lo que a muchos, que vinieron de paso, y prendados de tu cielo se quedaron a formar nuevos hogares, seas mil veces feliz y bienvenido, porque aquí hallarás la paz si la has perdido, y el afecto cordial que habrás soñado…

Tepatitlán ha sido puesto por sus tradiciones y los principios ancestrales de su gente, como paradigma de Jalisco, como Jalisco lo es de México, por eso debemos de poner énfasis en este renglón, porque corren riesgo de perderse, o de hecho se están perdiendo algunos valores tradicionales, por desconocimiento de la historia local, que no está recibiendo la atención debida por parte de la sociedad civil, del magisterio y de las autoridades. De todos modos sigue ahí como una aspiración que fue realidad y quiere seguirlo siendo, el lema de nuestro municipio: "Su Tesoro Está en su Gente", y de nosotros depende que continúe siéndolo. […]

Las Fiestas Patronales del Señor de la Misericordia:

Se celebran del 21 al 30 de abril y atraen a millares de visitantes por sus desfiles de carros alegóricos con pasajes bíblicos; las brillantes ceremonias religiosas, el desfile de las reinas de belleza, las charreadas, el Teatro del Pueblo, eventos deportivos y culturales de toda índole; la mejor Exposición Ganadera después de la de Guadalajara, y el regocijo general de toda la población, que mezclada con los visitantes, fraterniza y se alegra con la presencia en nuestras calles del Cristo milagroso, que apareció delineado en el tronco de una encina el año de 1839, y desde entonces comparte con nosotros el milagro diario de la existencia. […]

Y allá en la cercana lejanía, el Cerro Gordo, como punto más alto de toda la región, sigue siendo vigía del horizonte para contemplar el tronco que naciera en sus entrañas, convertido ahora en un Cristo cuyos milagros tienen más de 170 años de atraer multitudes.

Nuestros Valores Ancestrales:

Además de los valores universales como la honradez, la igualdad, la fraternidad y la libertad, nuestra región y municipio tienen sus propios valores, que entrañan un sentido de vivir que ha caracterizado a nuestra gente, diferenciándola del entorno que nos rodea, mismo que nosotros apenas notamos, pero que personas venidas de fuera captan perfectamente.

La religiosidad Somos orgullosos descendientes de una estirpe de Cruzados, que al llegar aquí apenas 27 años después de haber consumado la hazaña guerrera-religiosa de la Reconquista que les llevó 800 años, con la rendición de Granada, nos atrevemos a ufanarnos de ello.

La religiosidad fue el principio inmanente que movió las acciones, que con todo y sus fallas humanas, produjeron La Conquista, y se manifestaron en la quema de las naves de Cortés en México, y "Los 13 de la Fama" de Pizarro en el Perú.

Descendientes directos de aquellos fueron los que consumaron la epopeya cristera, que por encima de las debilidades humanas, se atrevieron a lanzar su ¡Viva Cristo Rey! que resonó en estas tierras, adoptando como símbolo la Virgen de Guadalupe y el Señor de la Misericordia.

Esa guerra imprimió carácter a los descendientes de la hispanidad, como antes la Rebelión de El Mixtón lo había impreso en los representantes de las razas aborígenes locales, que más allá de la Noche Triste y del sitio de Tenochtitlán, hicieran brillar a Tenamaxtli muy por encima de Cuauhtémoc, a juzgar por el "¡Toma tu puñal y mátame!" del último emperador azteca, comparado con el de "¡Hasta tu muerte o la mía!" del caudillo de los caxcanes, que terminaron arrojándose a un precipicio para demostrar, muriendo, que tenían derecho a vivir.

El amor franciscano por la tierra: un tepatitlense sin un pedazo de tierra donde posar sus plantas y poder decir "esto es mío", se siente como un árbol con las raíces al aire. Ningún municipio de la República tiene tantas propiedades privadas rurales (no parcelas ejidales), como el nuestro, que tiene más de 18,000. De aquí se deriva desde tiempos ancestrales que se remontan a La Conquista y al Virreinato, que el régimen de la pequeña propiedad llegara para quedarse, y continuara siendo el eje en cuyo derredor gira la economía rural. El reparto agrario alteño persiste desde el Decreto del 18 de julio de 1513, cuando el rey Fernando el Católico ordenó el régimen de propiedad privada, y lo confirmó con otro decreto del 9 de agosto de ese mismo año.

El respeto por la vida prenatal: Las familias numerosas fueron una constante histórica en nuestro medio, y se puede afirmar que el aborto inducido era detestable en grado sumo, lo cual no quiere decir que no los hubiera, pero en una proporción mucho menor que en otros lados. Paradójicamente la vida humana no era muy apreciada, y como casi todos andaban armados, se arriesgaba por cualquier pretexto.

La unidad e indisolubilidad de la familia: La palabra "divorcio" siempre tuvo una connotación francamente negra en nuestro medio, considerándolo siempre como un fracaso y una fuente de calamidades para los hijos y para la sociedad. En los registros de la iglesia había en tiempos idos 10 libros de hijos legítimos por cada libro de "hijos naturales", cuando en otras regiones sucedía todo lo contrario. El padre ejercía una autoridad patriarcal, benévola a veces, pero indiscutible. El machismo acendrado proviene desde La Conquista, porque el jefe de la casa andaba normalmente peleando contra los rebeldes chichimecas, y la madre se encargaba sola de los hijos. Uno de los principios de antaño era "familia que reza unida, permanece unida". Los modernos "matrimonios" entre parejas del mismo sexo siguen siendo una aberración absurda en nuestro medio.

El respeto por la palabra empeñada: Una de las formas prácticas de conservar el honor era respetar la palabra empeñada. Los tratos se hacían "a la palabra", y un principio básico era en el ambiente campirano: "el buey vale por sus cuernos y el hombre por su palabra". Nadie pedía papeles firmados para garantizar un adeudo, hasta que de otras latitudes vino gente que decía: "papelito habla" y dio al traste con el valor de la palabra, pero todavía se escucha aquello de "es mi palabra escritura", y entre amigos todavía se oye decir "oye vale" apócope de "oye valedor", porque el hombre vale… por su palabra. […]

El amor al trabajo: es en Tepatitlán una forma de vida y una manera de pensar, y tanto es así, que en las empresas tepatitlenses no hay sindicatos, salvo las grandes corporaciones venidas de fuera, como el IMSS, TELMEX, CFE y otras. Cuando algún líder sindical trata de ganar adeptos se le dice "aquí no mantenemos vagos", refiriéndose desde luego a los falsos redentores del proletariado.

Gastronomía: Desde los ya lejanos tiempos de la Conquista y El Virreinato, allá por 1600, Los Altos y Tepatitlán ya surtían de carne de res y cerdo a las empresas mineras de Guanajuato, Zacatecas y San Luis Potosí; la de res hecha cecina y secada al sol, la de cerdo hecha "carnitas bien rendidas", lo que significa que se freían hasta que soltaban toda la humedad, para que duraran más tiempo y soportaran largos trayectos. Esa receta fue pasando de padres a hijos, y las buenas carnitas de la actualidad se siguen friendo así, con la ventaja de que la genética actual de los cerdos de la localidad, (cerdos de granja), propicia que tengan tan poca grasa que hace falta añadir manteca para que se frían.[…] Hoy como antaño, muchos visitantes entran a la ciudad sólo para degustarlas, porque no hay otras iguales. Acompañadas con frijoles refritos, salsa con receta también propia, y guacamole, hacen que se haga agua la boca.

Los chamorros al horno son otra especialidad muy apreciada, así como la "birria dorada" que se ofrece en el Mercado Centenario, que son manjares para paladares delicados, como lo son también los quesos de variedades diversas que se fabrican aquí.

Las jericayas y la capirotada clásica son exquisitos postres con recetas que provienen desde tiempos del Virreinato.

Leyendas y relatos: Tepatitlán tiene su propio caudal de por lo menos 30 leyendas y relatos que son verdaderamente nuestros, al margen de "La Llorona" y tantas otras que prácticamente son universales, aunque sean reivindicadas como propias por muchos lugares. Entre las leyendas tenemos la del Pozo Prieto, las Brujas del Taray, el Cerro de la Campana, el Chan del Agua, la Rajadiablos y otras 20, a cual más de interesantes y originales. Entre los relatos están: el del Coronel Antonio Rojas "La Hiena de Jalisco", el Güero Mónico, don Mariano Esparza, don Martín y Medio, "Donde Ponía el Ojo Ponía la Bala", el Tesoro del Padre Vega y tantos otros de personajes reales que siendo Historia se volvieron leyenda. […]

El Escudo de Armas de Tepatitlán: Está diseñado con la forma tradicional española, cuartelado (dividido en cuatro cantones) y timbrado con el yelmo de acero de los caballeros y de las ciudades que no han sido ennoblecidos por mandamiento real o dádiva graciosa del soberano, sino que lo han ganado en hechos de armas, y lleva airón de plumas en la cimera, y encima de ésta la divisa en lengua latina: ARX CHRISTI SUMUS (Somos Fortaleza de Cristo). Está rodeado por "lambrequines" o follaje heráldico de hojas de acanto.

Antes de adentrarnos en su descripción, hemos de decir que los escudos deber ser simbólicos y no descriptivos; que el lado izquierdo o derecho, se toman en cuenta viendo desde el escudo hacia nosotros; así, el cuartel superior derecho, llamado "Cantón Diestro del Jefe", queda en realidad a nuestra izquierda. En este caso ostenta al Señor de la Misericordia sobre el tronco y ramazón de una encina arraigada, sobre campo de plata, para simbolizar que su imagen, según piadosa tradición, apareció delineada en ese árbol, y desde entonces preside la vida de Tepatitlán.

En el Cantón Siniestro del Jefe o cuartel superior izquierdo, aparece sobre campo de plata, un torreón "donjonado", o sea, que consta de dos cuerpos superpuestos; el de abajo simboliza que nuestra ciudad fue baluarte de la hispanidad que defendía a Guadalajara para que no pasasen a ella sus enemigos, los chichimecas, que bajaban del Cerro Gordo para asaltar a viajeros, diligencias y caravanas, que iban y venían de las minas de Zacatecas, en caravanas de carretas de bueyes, cargadas de plata y mercaderías.

El segundo cuerpo del torreón, que aparece dominando tres cerros, El Gordo, El Pandillo y el de Picachos, de color rojo como nuestra tierra, simboliza otro momento estelar de nuestra historia, cuando Tepatitlán volvió a ser fortaleza de libertad, la libertad de ideas durante la Guerra Cristera, cuando un gobierno protervo quiso imponer su voluntad persecutoria, por encima de la manera de pensar de nuestra gente. Este segundo cuerpo aparece coronado por un pendón rojo con la Cruz de San Andrés (llamada también aspa o cruz de sotuer) que en heráldica significa el martirio y el ideal del caballero.

En el Cantón Diestro de Punta o cuartel inferior derecho, se ubica el escudo de la ciudad andaluza de Úbeda, solar natal del conquistador Pedro Almíndez Chirinos, que en el año de 1530 agregó estas tierras habitadas por los tecuexes, al dominio español de la Nueva Galicia. En ese escudo se ve al arcángel San Miguel, vencedor del dragón infernal, y rodeado en la bordura por 12 leones rampantes, símbolos del valor y del ardimiento, no menos que del origen "hidalgo" de los tepatitlenses, como lo demuestran la genealogía y la heráldica de los apellidos tenidos como originales de la región a partir de La Conquista.

En el Cantón Siniestro de Punta, o cuartel inferior izquierdo, campea la Cruz de Jerusalén o del Santo Sepulcro, llamada también Cruz de San Francisco, rodeada por el cordón seráfico de la Orden Franciscana, porque fueron precisamente los frailes franciscanos quienes evangelizaron la región.

Ocasionalmente en algunos diseños aparece una banderola al pie del escudo, con dos fechas: 1530, llegada de los españoles a nuestra ciudad, y 1852 fecha oficial de iniciación del culto al Señor de la Misericordia.

Patrimonio Natural

Nuestro clima y nuestra tierra

Tepatitlán disfruta de un clima envidiable y de una tranquilidad asombrosa en estos tiempos de apresuramiento vital, lo que se traduce en calidad de vida y alegría de vivir.

Las tardes siguen siendo frescas en el verano y el otoño, y los inviernos son soleados, el aire es limpio, y no hay inversiones térmicas. Cientos de miles de golondrinas siguen viniendo a formar sus nidos y criar sus nidadas, porque el ambiente sigue siendo propicio pese al calentamiento global.

Cierto que nuestras tierras son "flacas" como las calificara Agustín Yáñez, pero se han hecho productivas a base de esfuerzos. Nuestra flora incluye árboles tan hermosos como el fresno, de fresca sombra e insólito verdor, el nogal cimarrón, los bosques de robles y encinos, el palo colorado de madera durísima y el palo dulce de madera que no se pudre; las acacias, están representadas por el huizache chino de las praderas de África. Es un paraíso para los cítricos, y en algunos terrenos se está aclimatando con buenos resultados el aguacate. Todavía se ven esporádicos "mogotes" de encinos y robles de los que antaño formaron "El Gran Robledal" que cubrió todo el municipio, y desapareció consumido por los insaciables hornos de carbón, pero en el Cerro Gordo todavía existe arbolado suficiente para llamar la atención sobre el punto de mayor altura en Los Altos. Desde la cumbre se divisa un amplio panorama que incluye el Nevado de Colima y el Lago de Chapala. […]

La Barranca del Río Verde:

La barranca del Río Verde es un paraíso escondido de verdor y de aguas claras en sus arroyos de montaña, con un microclima tropical en el fondo, a más de 500 metros de profundidad, con profusión de aguas termales, y escenarios propicios para los deportes de riesgo, (tirolesas, bongie, rappel, Etc.) dentro de un escenario espectacular de abruptos cañones de varios kilómetros de extensión. […]

El Cerro del Chiquihuitillo:

En parte natural y en parte edificado, es el cerro de El Chiquihuitillo, una formación piramidal de unos 250 metros de altura, que al decir de arqueólogos como Phil Weigand, de feliz memoria, se eleva sobre la base de una colina natural, pero fue complementada con más de 65,000 metros cúbicos de materiales extraídos del fondo del valle circundante, para darle forma de pirámide. En tiempo de nuestros abuelos había en la cumbre un adoratorio, en cuyo centro se abría un orificio por el que salía aire capaz de levantar un sombrero, y apenas hace 20 años estaba todavía rodeado por taludes artificiales de laja, hoy desgraciadamente destruidos por ilusos buscadores de tesoros y saqueadores de tumbas. Existen restos de un patio hundido, pero los pasadizos de adobe han colapsado, quedando sólo restos de las terrazas habitacionales, y trozos de cerámica por todos lados. En la actualidad solamente su apariencia piramidal sugiere su origen, pero a simple vista es un montículo natural cubierto de chaparral y malezas. […]

Patrimonio Edificado

La arquitectura de Tepatitlán se ha transformado tanto en poco más de medio siglo, que quienes lo conocieron en aquel entonces y no hayan vuelto, apenas encontrarán una referencia válida en la Plaza de Armas, la parroquia de San Francisco, la Presidencia Municipal, el santuario del Señor de la Misericordia, y pocas fincas más. La planta urbana sigue siendo básicamente la misma, pero el perfil de los edificios se ha elevado varios niveles por el valor que alcanzan los terrenos, y la extensión de la mancha urbana se ha más que decuplicado.

A pesar de ello, el patrimonio tradicional edificado, en el Centro Histórico y fuera de él, tiene valores que son un orgullo para los tepatitlenses.

La Parroquia de San Francisco:

Templo de estilo neoclásico con reminiscencias barrocas, construido entre 1742 y 1775, es la única finca que data del Virreinato, y está construida con "piedra braza" (que un hombre puede transportar sin necesidad de aparatos), y ostenta dos torres de elegante esbeltez con 63 metros de altura, obra del alarife tepatitlense don Martín Pozos.

Su fachada principal está situada en el crucero de las calles de Samartín y Jesús Reynoso (trazo primitivo de la planta urbana) y ocupa el costado Norte de la Plaza de Armas.

En su interior luce el altar mayor de mármol blanco de Carrara con cuatro esculturas del mismo material, obra del arquitecto italiano Augusto C. Volpi. En una capilla lateral se encuentra el grupo escultórico de La Piedad, obra del maestro queretano Agustín Espinoza, que guardadas las debidas proporciones, no queda muy lejos de la perfección de "La Pietá" del Vaticano.[…]

Cuando la Guerra Cristera de 1926 a 1929, desde sus torres que quedaron carpinteadas por las balas, contestaban los federales el fuego graneado de los cristeros que brotaba desde el templo de San Antonio y de la cúpula del Hospital de Jesús.

El Santuario del Señor de la Misericordia:

De estilo neoclásico con alguna mezcla, fue construido entre 1842 y 1856 para aposentar al Cristo milagroso que un humilde campesino, don Pedro Medina, encontró delineado en el tronco y dos ramas de un encino. Unos forasteros desconocidos que pasaron frente a su rústica vivienda del rancho El Durazno, se ofrecieron a tallar la imagen, que actualmente se venera en el altar mayor de su santuario, y lograron una efigie que inspira devoción a cuantos la miran.[…]

A partir de 1852, cuando fue la dedicación del templo, la fama de sus milagros se extendió por una extensa región, y empezaron a llegar los exvotos o "retablos" que narran en pintura los prodigios que la piedad popular le atribuye, y forman una preciada colección de pequeñas obras de arte (25 por 12 Cms.) que se exhiben en una cripta aledaña al templo, como un pequeño Museo de Exvotos.[…] En ellos está plasmada la historia de Tepatitlán, entrañablemente unida a la de su Patrono, que es objeto de grandes festejos en el mes de abril.

Está situado a tres cuadras de la Plaza de Armas, por la Calle Real, (Hidalgo) que corre de Norte a Sur

La Calle Real:

La que ahora es calle de Hidalgo fue antes la llamada "Calle Real" a la vieja usanza española. Están ubicadas en ella algunas fincas antañonas que le dieron carácter al Tepatitlán de finales del Siglo XIX y principios del XX, cuando la arquitectura afrancesada de estilo "rococó" estaba en su apogeo entre las familias pudientes de la ciudad. Vivir por esa calle era una señal de status social elevado, y sus moradores acostumbraban sacar sillas a la banqueta para sentarse a ver (y ser vistos) por quienes cada viernes se dirigían a visitar al Señor de la Misericordia.

En el trayecto de tres cuadras entre la Presidencia Municipal y el Santuario, quedan algunas de las pocas fincas de antaño que todavía permanecen, porque la mayoría fueron víctimas del progreso, pero la del restaurante El Vitral es testimonio viviente del gusto rebuscado, pero agradable, de quienes nos precedieron.[…]

La Presidencia Municipal:

Ocupa el lugar de lo que fueron las antiguas Casas Consistoriales en tiempos del Virreinato, y a través de la Historia experimentaron diversas modificaciones (una de ellas en tiempos del Presidente Benito Juárez, quien concedió fondos producto de la desamortización de bienes de manos muertas).

El aspecto actual de su fachada Poniente de elegante estilo neoclásico con algunos toques barrocos en sus tres niveles, viene de principios del Siglo XX, cuando el arquitecto y presidente municipal Francisco de Paula Palomar hizo el diseño e inició la construcción, que fue continuada por don Manuel Argáiz y el Lic. José Mendoza-López Schwertfeger en 1908. Las fachadas Sur y Oriente que complementan el aspecto regio y señorial del palacio, fueron edificadas por don José de Anda y los dos subsecuentes primeros ediles.[…]

En su interior hay un precioso ejemplar de la muralística mexicana titulado "Cinco Siglos de Historia" del Maestro Rubén García, y otro mural del Maestro J. Guadalupe Ríos Córdoba sobre la Independencia y la Revolución, inaugurado durante las fiestas del Centenario y Bicentenario.[…]

Da frente a la Plaza de Armas, y resalta colocado en el pináculo, por encima del Escudo Nacional del águila porfiriana, el símbolo masónico del gorro frigio.[…]

El Museo de la Ciudad:

Una vieja casona de estilo neoclásico,[…] edificada a sus expensas por el capellán del Santuario del Señor de la Misericordia, Padre Miguel Pérez Rubio, aloja en sus nueve salas el acervo cultural más significativo de Tepatitlán: profusión de cerámicas prehispánicas, tesoros de arte sacro, instrumentos y enseres de labranza de tiempos idos, testimonios materiales de la Guerra Cristera, adminículos y chirimbolos de la vida diaria de pasadas edades, fotografías del pasado tepatitlense, y la única colección de reproducciones de museo de la obra del tepatitlense Martín Ramírez, (El Van Gogh Mexicano" enviada por el Museo de Arte Folclórico de Nueva York..[…]

Inaugurado el año 2000, fue enriquecido con más de 600 piezas arqueológicas, por el filántropo ginecólogo Dr. J. Trinidad González Gutiérrez, tepatitlense por "derecho de sangre", que donó gran parte de su colección.

La Plaza de Armas:

La Plaza de la Constitución llamada desde tiempos de antaño "la Plaza de Armas" es un espacioso cuadrángulo de 6,800 mts.2, soleado y con jardines, adornado por naranjos al estilo de las viejas plazas españolas, flanqueado por la Presidencia Municipal y el templo parroquial de San Francisco por dos de sus lados, y por los otros dos, por algunos de los más elevados e importantes edificios y casas de Banca de la ciudad.

Ocupa su parte central el añoso kiosco donde la banda municipal brinda la serenata tradicional de jueves y domingos, y en sus bancas de artística herrería, al pardear la tarde, los tepatitlenses disfrutan de la quietud y calidad de vida que aquí se respira.

En su costado Poniente, una sencilla placa recuerda a los visitantes que en ese sitio preciso se firmó el armisticio de la Guerra Cristera, cuando representantes del ejército federal y los jefes del ejército cristero pactaron la paz que dio fin al conflicto de casi cuatro años.[…]

Plaza Cívica Morelos:

Es un agradable cuadrángulo de 4,400 mts2 de superficie, situado frente a la Puerta Mayor de la parroquia, donde en siglos pasados fue el curato, la escuela de niños y posteriormente "la Aduana", o recaudadora de rentas. En su lado norte al lado del asta-bandera una escultura del héroe que da nombre a nuestra ciudad ("Tepatitlán de Morelos"), que antes estuvo en el Parque Morelos de Guadalajara.[…]

Dos fuentes de estilo modernista alegran con su columna de agua el entorno, y una "fuente danzarina" cuyos surtidores se mueven al compás de la música, y por las noches se convierten en chorros de luz multicolores que dan vida y adornan el entorno frontero a la Casa de la Cultura.

La Calle Porfirio Díaz:

Un grupo de viejas fincas que fueron propiedad de la familia Padilla Romero ocupa la esquina noroeste de esta calle, y son una muestra de la arquitectura privada tepatitlense de estilo indefinido, vagamente neoclásico, pero igualmente airoso y señorial.[…]

Calle de por medio el Mercado Centenario y los portales son un trasunto de tiempos idos que se han mezclado, no siempre acertadamente, con el discutible modernismo de otras construcciones. La perspectiva de Norte a Sur es, a pesar de ello agradable, y el "Pórtico" de la parroquia le añade un toque de grandeza.

La Casa de la Cultura:

Es un edificio moderno de tres niveles situado calle de por medio en el costado sur de la Plaza Morelos, que es el centro de las actividades culturales, con su recientemente remodelado auditorio y sus salas donde se ubican los talleres de teatro, danza, música, ballet, pintura y artes plásticas. Adorna el vestíbulo el mural "El Hombre y las Artes Plásticas" del Maestro J. Guadalupe Ríos, y en su galería del segundo piso hay obras de Santana, Victoriano González y otros artistas tepatitlenses más. Aloja también la biblioteca Pública Municipal con más de 9,000 volúmenes.[…]

El Hospital de Jesús:

Diseñado y construido por el alarife tepatitlense don Martín Pozos, con fondos proporcionados por el filántropo Bartolo Hernández para aliviar el dolor humano, muestra en su planta arquitectónica un patio preciosista de regulares proporciones, rodeado en tres de sus lados por magníficos claustros de reminiscencia morisca, y al frente por una airosa cúpula de estilo neoclásico de serena belleza,[…] que fue ocupada por los soldados federales durante el primer combate de Tepatitlán, y funcionó como "hospital de sangre" durante el segundo combate.

Las salas convergen en forma radial con la pequeña capilla que corresponde a la cúpula, en cuya bóveda se aprecia el mural "La Asunción de María a los Cielos", del Maestro Luis Eduardo González Medina.

El Arco del Milenio:

Es un arco monumental de estilo clásico inaugurado el 31 de diciembre del año 2000, para conmemorar el inicio del tercer milenio de nuestra Era, en la llamada Plaza de la Esperanza, ubicada al ingreso Oriente de la ciudad.[…]

Tiene en el tímpano un mural escultórico del Arquitecto Mario Morgado, con una alegoría del desarrollo de Tepatitlán en torno al Señor de la Misericordia. Grabada en el piso hay una Rosa de los Vientos, y luego de un espejo de agua, un busto de Cristóbal Colón da la bienvenida a los visitantes. Sobre el entablamento del arco está grabada la frase: A QUIEN VIVE DE VALORES LO SOSTIENE LA ESPERANZA. Y en la parte posterior del arco se puede leer: TEPATITLÁN AL ENCUENTRO DEL TERCER MILENIO.

El Monumento a Carnicerito:

Situado en medio de una glorieta donde convergen las avenidas Gómez Morín, Jacarandas y González Carnicerito, hay un bello monumento que recrea uno de los lances inmortales del torero más valiente que ha dado México, el tepatitlense José Loreto González López, más conocido como "Carnicerito de México".

La escultura inmortaliza la suerte de banderillas cortas, con los terrenos cambiados; la bestia ataca de frente al torero que parado en el estribo del ruedo, corre el riesgo de ser ensartado contra las tablas como mariposa, por un burel "astifino" lanzado a toda carrera, instante inmortalizado en varias fotografías que dan fe de la habilidad inaudita de nuestro compatriota.[…]

La "Diosa Rubía del Toreo", la peruana Conchita Cintrón, compañera de Carnicerito en tantas tardes de gloria, tuvo a su cargo descorrer el velo de este monumento, viniendo expresamente de Lisboa para inaugurarlo.

El Centro Universitario de Los Altos:

Considerado por los conocedores como uno de los cinco campus universitarios más hermosos de Hispanoamérica, es el "sueño de un arquitecto", don Fernando González Gortázar, porque no se le pusieron límites a su creatividad y fantasía, ni se le escatimaron fondos para realizarlo.[…]

La naturaleza se asoma literalmente a los salones, y las construcciones se aferran al terreno para integrarse y formar parte del paisaje: ni éste distrae ni aquéllas desentonan. La combinación atinada del concreto, del calicanto y del ladrillo, componen una sinfonía visual que sirve de fondo al conocimiento y a las ciencias que aprenden y practican los más de 2,000 alumnos que concurren a sus aulas.

A sólo tres kilómetros del centro de la ciudad, el CUALTOS de la U de G, situado en un suave lomerío cubierto de bosques, remanentes del Gran Robledal que fuera nuestro municipio, es un prodigio de integralidad entre el hombre y la naturaleza.

El Museo del Cactus:

Situado igualmente entre el patrimonio natural y el edificado, el Museo del Cactus es a la vez un jardín botánico, al que se ingresa bajo el dintel de un "Tori", portada que caracteriza los templos japoneses como lugares sagrados; y éste es un santuario de la naturaleza.

Una magnífica pagoda de filigranas de luz multicolores, que esplenden a los rayos del sol, acaba de imprimir carácter sacro a este oasis de verdura y estanques, donde bullen literalmente millares de peces, al abrigo de lotos y nenúfares florecidos, que alternan con los papiros egipcios y las palmeras de Arabia.[… ]

Por senderillos de grava de tezontle rojo se alinean colonias de cactos, a cual más de raros y de bellos, que hacen las delicias de quienes los contemplan. Hay unos tan gruesos como columnas y otros diminutos como cuentas de rosario; algunos se yerguen solitarios y otros forman colonias apiñadas que semejan corales submarinos, pero todos igualmente cubiertos de púas. Y no les faltan flores llamativas y coloridas como suelen ser las de los cactos…

Todo esto en la periferia inmediata de la ciudad, en plena demarcación urbana, por la avenida Luis Donaldo Colosio, saliendo de la autopista al poniente de Tepatitlán.

El Cuchillo Sagrado

Hay una pasmosa similitud entre el “Tumi” de Lambayeque del Perú de los Incas y el cuchillo sagrado de El Chiquihuitillo. Ambos son cuchillos ceremoniales con rostro del dios Naylam, un rey poderoso de aquella lejana región, al que sus hijos divinizaron para perpetuarlo, allá por los años del 700 al 1300 DC, contemporáneos de la civilización mochica, y anteriores a   la cultura Chimú,  simultáneas de los aztecas, pero separadas por casi 5,000 Kms. de océano. En la portada de su obra “Los Reinos Desérticos del Perú” el antropólogo y arqueólogo Victor W. von Hagen puso la primera ilustración que aquí vemos; la otra corresponde a la fotografía de la figura encontrada en la colina alteña. ¿Quién o quiénes la encontraron?

He aquí el relato:

“Hace ya casi 20 años, tres individuos del poblado de Pegueros fueron al cerro de El Chiquihuitillo a buscar monitos de los indios, y al excavar en un pequeño talud encontraron una especie de pasadizo con paredes de adobe, en cuyo piso yacían tres esqueletos, cuyas posiciones no tomaron en cuenta o no fueron capaces de captar por no darles importancia. De cualquier manera, el estrato donde yacían fue descrito por el Arqueólogo Phil H. Weigand, en su trabajo titulado “El Peñol del Chiquihuitillo Grandioso y Monumental” La osamenta del centro tenía al cuello un pectoral de metal ennegrecido, del que pendía un curioso artefacto también de metal, que resultó ser el que llamamos “cuchillo  sagrado”, para ellos un simple “monito”.

“Uno de los tres, ni tardo ni perezoso, guardó el monito en  la bolsa del pantalón, y mientras discutían de quién iba a ser lo encontrado, llegaron unos “judiciales federales” o al menos se identificaron como tales, y les quitaron el pectoral que todavía traían en las manos, echaron mano del costal donde los jóvenes llevaban las herramientas para excavar,  metieron en él los huesos, y tras de amenazar a los muchachos con culparlos de la muerte de los tres “difuntos”, (que de seguro tenían más de 700 años de muertos) se fueron y no  se supo más de ellos, pero sí se sabe que entregaron los esqueletos en el cementerio de Tepa y fueron arrojados sin más requilorios a la fosa de “restos áridos”.


“Quien se quedó con el cuchillo, lo limpió para llevarlo a analizar y resultó ser de “tumbaga” (aleación metálica de oro con cobre) que una vez quintada dio valores de 8,10 y 12 quilates, porque la mezcla no era uniforme”.

Al modo de ver de algunos, es interesante hacer notar una vez más, que los pobladores de este lugar, los tecuexes, estaban en la Edad de Piedra al llegar los conquistadores españoles, y de ello se puede conjeturar que posiblemente ese cuchillo ceremonial fuera una pieza notable, donde no había metales. ¿Lo sería tanto como para dar nombre al lugar donde se veneraba? La hipótesis puede ser atrevida pero es interesante y verosímil.

Capilla de Guadalupe

Es la mayor delegación del Municipio de Tepatitlán y también la más hermosa e importante, con aproximadamente 13,000 habitantes. Su gente es emprendedora y ahorrativa, que puede servir de ejemplo, aun en esta región que se distingue precisamente por esas dos características.

Sus principales actividades son la agricultura, la ganadería de carne y leche, la porcicultura en buena escala y la avicultura, que junto con el comercio y crecientes actividades industriales, como la del tequila y derivados del agave, la han hecho sobresalir.

La religiosidad es quizá su característica más notable, así como el espíritu de superación que ha hecho que se transforme, lo que se puede palpar en sus calles y viviendas. Su capacidad para el comercio es casi legendaria, y una antigua conseja dice que “dos que corrieron de aquí por despilfarrados fundaron Monterrey”.

Fundada a principios del siglo XIX por el tepatitlense Antonio Faustino de Aceves “El Amo Aceves” se distinguió siempre por la belleza de sus mujeres, y por sus hombres aficionados a las labores campiranas que dieron origen a la charrería, en la que han alcanzado varios campeonatos regionales y nacionales.

Su templo parroquial es muy digno, dedicado a la Virgen de Guadalupe, y tiene en su interior bellos murales de Cardona, y una hermosa imagen del Señor de los Afligidos. En el año de 1913 Capilla de Guadalupe hizo su primer intento ante el Congreso para ser elevado a la categoría de Municipio, y ha hecho otros varios, pero al no moderar sus pretensiones territoriales, despertó la animadversión en su contra de los municipios vecinos. No hacía falta crear rencores ahí donde antes no los había…

Pegueros

Conocido desde antaño como “Los Pegueros del Río”, porque las caravanas de carretas y diligencias que transitaban a Guadalajara, solían “pegarse” en los lodazales de arcilla blanca “chiclosa” que se generaban al cruzar el arroyo que pasa por la población.

Con sus 4,000 habitantes que le asigna el censo de 2010, está situado al Noreste de la cabecera municipal, a 18 Kms. de ésta por la carretera libre a San Juan de los Lagos.

Fundado por una familia de apellido Gutiérrez, vivió muchos años de tranquilidad campirana tan propia de la región, hasta que sus hombres, y enseguida familias enteras empezaron a emigrar a los Estados Unidos en busca de trabajo y de una vida mejor, allá en la década de los 40, y la corriente migratoria se volvió tradicional y no ha cesado desde entonces, a grado tal que hay más de sus habitantes en California que en Pegueros.

El auge de la avicultura, que es la actividad preponderante, pudo haber sido el remedio para la emigración pero sólo ha provocado que quienes vuelven temporalmente, encuentren acomodo seguro, y tras de poco tiempo se van otra vez… para luego volver.

La población se ha transformado y por todos los rumbos se encuentran fincas muy presentables, y aun totalmente modernas, que fueron construidas con los recursos que envían los emigrados. A últimas fechas han venido chiapanecos, guatemaltecos y salvadoreños, que faltos de trabajo en su tierra, aquí encuentran “su Norte”, y se ocupan en labores que los peguerenses no quieren desempeñar. Están en germen las repercusiones sociales que esta situación acarrea y hacen falta estudios al respecto.

En esta delegación existen campos fértiles y con mucha agua, como los planes de La Mina y El Guayabo, pero ya no se cultivan con la intensidad de antes, cuando eran emporios de producción de trigo y de garbanzo. Su templo parroquial tiene aspecto risueño y bien cuidado, y en él se venera al Sagrado Corazón de Jesús, al que cada año celebran grandes fiestas a las que acude multitud de hijos ausentes.

San José de Gracia

Alegre población situada a 15 kilómetros al sureste de la cabecera municipal, por una nueva carretera directa que se prolonga y enlaza con Atotonilco el Alto. Fue  asiento de la antigua  Hacienda de El Bramido, que al contar con  una capilla para el culto católico,  poco a poco  fue concentrando la gente de los alrededores hasta alcanzar en la actualidad los 5,190 habitantes que le adjudica el censo de 2010, y que viven de la agricultura, la ganadería, la porcicultura y el comercio, además de la industria de procesamiento de aves, gallinas sobre todo, que al mismo tiempo que provee de empleos, da salida industrial a la aves que ya han concluido sus ciclos de postura.

Su bello templo parroquial de estilo neoclásico y barroco, combina admirablemente la tersura de la cantera con lo áspero del tezontle rojo, que le dan un aspecto elegante y singular. Las fiestas en honor del Señor San José son el 19 de marzo, pero en ocasiones se trasladan al mes de mayo, por la cuaresma.

Cuenta con todos los servicios y sus calles asfaltadas o bien empedradas y limpias.

Durante la guerra cristera fue escenario de combates y escaramuzas, y durante “La Segunda”, el pueblo fue tomado por los cristeros, que fusilaron al delegado municipal. Sus habitantes ganaron desde antaño fama de “broncos, alzados y entrones” remontados como están en las estribaciones del Cerro Gordo, con ese temperamento tan especial que tenemos los alteños.

Capilla de Milpillas

Situada a 21 kilómetros al sureste de la cabecera municipal, y a nueve Kms. de la carretera libre a Guadalajara, fue parte del mayorazgo de la familia Sánchez de Tagle, fundada en 1862 como capilla para atender las necesidades espirituales de los ranchos vecinos, cuenta en la actualidad, según el censo de 2010, con 2,450 habitantes, dedicados a la agricultura, la ganadería y el comercio, así como de las granjas avícolas, una importante producción de setas y champiñones.

Desde tiempos pasados se tenía a los milpillenses como ariscos y reacios ante la autoridad gubernamental, y bien dieron muestras de ello durante la Guerra Cristera, cuando se acantonó ahí el coronel Gabino Flores, y ni las fuerzas federales lograron sacarlo de ese reducto mientras duró la contienda, hasta que fue asesinado a traición después de “Los Arreglos”.

La mayoría de su población cuenta con todos los servicios y la plaza principal recientemente remodelada luce un agradable aspecto. Un singular “Museo del Desperdicio” muestra a los visitantes el uso adecuado de los desechos mediante el reciclaje, trabajado con creatividad y maestría, sobre todo en el establecimiento de unos baños de temazcal, antiguos baños indígenas que le dan el carácter de SPA, y están atrayendo visitantes y turistas. Hay también ahí mismo un pequeño jardín botánico con herbolaria medicinal, y una macro jaula para aves en peligro de extinción.

La patrona del pueblo es la Virgen de la Inmaculada Concepción, y sus fiestas se celebran del 1º al 8 de diciembre, a las que acuden con regocijo los hijos ausentes. Los servicios educativos están cubiertos hasta la Preparatoria y hay una biblioteca pública.

En su escudo heráldico se lee: “Valor a Toda Prueba”

Mezcala

Situada a 26 Kms. al Noroeste de la cabecera municipal, por la carretera Tepatitlán-Yahualica; su etimología náhuatl viene de metztli, luna y calli, casa, lo que viene a significar “Casa de la Luna”.

Cuenta según el censo de 2010 con 2,085 habitantes, población decreciente en cada censo, por la intensa emigración hacia los Estados Unidos, situación tradicional que comparte con Pegueros, solo que los mezcalenses se concentran principalmente en San Francisco, Cal. y Los Ángeles, y los peguerenses en Los Ángeles y Chicago.

Está situada en un valle que colinda con la margen izquierda del Río Verde, y en el se concentró el ejército del virrey Antonio de Mendoza cuando en 1541 vino a enfrentar a los rebeldes caxcanes en el cerro de El Mixtón.

El pueblo vive de la agricultura, la ganadería y las remesas de los emigrados, aunque a últimas fechas se han hecho plantaciones de frutales. Sus fiestas patronales son el 24 de agosto, día de San Bartolomé apóstol, y viene un gran número de hijos ausentes. En su escudo heráldico hay un lema que reza: “Gente que no tiene doblez.”

Tecomatlán

Su nombre indígena significa “Lugar de Tecomates”, especie de recipientes de origen vegetal de cáscara dura utilizados como vasijas. Situada a casi 30 Kms. al Sur de la cabecera municipal, es la más alejada de las delegaciones, y también la más pequeña, con sólo 958 habitantes según el censo último. Vive de la agricultura, la ganadería y el comercio, y el deseo de progreso de sus pobladores propició que hayan remodelado su plaza y mejorado el contorno. Está comunicada por carretera con Capilla de Milpillas y Zapotlanejo.

Actividades Primarias

El cultivo del agave. El Agave Azul Tequilana Weber, llamado comúnmente mezcalillo, es una planta xerófila (amante de los terrenos secos) que  en los resecos suelos   alteños, sobre todo de tierra roja,  encuentra ambiente propicio para reproducirse y prosperar, sintetizando  a tal grado los escasos nutrientes, que no hay tierras iguales que lo produzcan de mejor calidad, ni siquiera en la región considerada agavera por excelencia, de Tequila, Amatitán y Arenal. Esto, que pudiera parecer una afirmación gratuita o publicitaria, no lo es, porque está corroborada por las estadísticas y resultados de las sucesivas Ferias del Agave que se llevaron a cabo en Tepatitlán durante cinco años: los niveles de azúcar o reductores, son mucho más altos que en cualquier otro lugar de México, y el trabajo de las tierras con maquinaria pesada, redujo sensiblemente en casi tres años el tiempo de maduración y cosecha sin perjudicar la calidad. El peso de las cabezas de agave aumentó también, sin bajar el porcentaje de azúcar.

Tenemos abundante “paisaje agavero” aunque no se denomine patrimonio de la humanidad; pero sí lo es, indudablemente, el exquisito sabor de nuestros tequilas.

Avicultura

La primitiva avicultura “de patio” de tiempos del Virreinato fue practicada en nuestro medio como un suplemento de la alimentación, porque no siempre había carne, pero los humildes “blanquillos” nunca faltaron, tanto para la comida diaria como para remendar un poco la modesta economía familiar. Esas primeras gallinas criollas ponían el huevo nuestro de cada tres o cuatro días porque no daban para más, mezcladas como estaban las diversas razas, pues las había legas (leg horn), rodailas (de Rhode Island) minorcas (de Menorca) búlicas (buliqué), sin faltar las japonesas de pescuezo pelón.

Había personajes singulares que se dedicaban a recoger el huevo rancho por rancho, a base de trueque; cambiaban múltiples chucherías, hilos, agujas, cordones,  peinetas listones de colores para las trenzas, pañoletas, piloncillo y dulces, recibiendo a cambio huevo, pollos, “gallinas infundiadas” (gordas) y por lo tanto, ideales para el caldo, sin faltar almudes (medida antigua de origen árabe, equivalente a casi cinco kilos del frijol que producían en los ranchos.

Las parvadas no pasaban por lo general de unas 20 ponedoras, y que bueno que fuera así, porque el ama de casa, antes de dejar salir las aves del gallinero donde dormían para preservarlas de zorras, zorrillos y coyotes,  debía tentarlas a ver si iban a poner huevo ese día, mediante el sencillo procedimiento de introducir un dedo en la cloaca del animal, y si venía un huevo, la regresaba al gallinero hasta  que el sonoro cacareo avisara que  ya había puesto.

Esas cluecas eran además incubadoras emplumadas que sacaban sus buenas echaduras de hasta 16 pollitos, para repoblar el gallinero y reponer las bajas que esporádicamente producían los gavilanes y demás depredadores, no menores que por los frecuentes platos de mole o enchiladas de pollo  que los hacían sucumbir en la cocina.

Las gallinas que hoy saturan las granjas, aunque no hayan cambiado mucho de apariencia, ya no son gallinas; son máquinas de poner huevo, que lo ponen cada día, y qué bueno que así sea, porque hay que llenar las más de 41,000 cajas que diariamente salen de aquí a las grandes ciudades como Guadalajara y el Distrito Federal.

Agricultura y Ganadería

Los hombres que llegaron a estas tierras eran labradores que se habilitaron como soldados, para que los trajeran gratuitamente a la América en los galeones españoles, y a partir de su arribo, en cuanto pacificaron el territorio cumpliendo así su cometido, fundieron sus armaduras para forjar las rejas de su arado, y manteniendo la espada alerta para defenderse de los salvajes chichimecas, volvieron a ser agricultores y ganaderos como siempre lo habían sido.

Hermosa vocación era ésta que la guerra había interrumpido, pero los que habían empapado la tierra que les tocó en el reparto, igualmente con  sudor que con su sangre, emprendieron animosos la tarea de producir el grano y los alimentos que habrían de sustentarlos, a ellos y a sus familias que se habían apresurado a mandar traer.

Tras un tiempo de penurias y privaciones, la tierra generosa rindió sus frutos, el trabajo continuado transformó los campos, y la agricultura y ganadería que habían sido de autoconsumo, se convirtieron en proveedoras de los poblados cercanos, y no pasaron de  tres  generaciones cuando los alteños ya eran  abastecedores providentes de las minas de Zacatecas, Guanajuato y San Luis Potosí. Los socavones de donde salía el mineral, eran insaciables demandantes de ganado mular, asnal y caballar para beneficiar el mineral, y de víveres para mantener la creciente población, por lo que pronto grandes recuas de hasta 180 jumentos recorrían los polvorientos caminos, transportando cuanto era menester para satisfacer sus necesidades. Si no había flete rentable de allá para acá, cargaban sus jumentos con salitre y lo vendían a los ganaderos para dárselo a sus reses.

Cuentan los viejos, que a su vez lo oyeron contar a sus abuelos, y éstos a los suyos en una larga tradición oral, sin que como dice el Maestro Miguel Ángel Casillas Báez, “pueda ser Historia porque no hay documento escrito alguno que dé fe o lo avale”; que la carne de res se transportaba en arpillas de ixtle repletas de cecina secada al sol, y la carne de cerdo convertida en carnitas “rendidas” (doradas) a base de fuego y largas horas de hervores, y enseguida empacadas en marquetas forradas de  manteca para asegurar su duración en los largos trayectos de hasta 15 o más días,  de manera que bastaba  recalentarlas con la misma manteca para disfrutar su sabor. Los cerdos de aquel entonces eran “cuinos”, como los definió un cronista: “una variedad de cochinillos cortos de tamaño y de extremidades, muy propensos a engordar y criar manteca, a grado tan extraordinario que sin enfermarse, comen y comen hasta engordar tanto que no pueden ni levantarse, y así echados siguen comiendo”. Y tanto era así que   graciosamente un juego infantil hablaba de ellos: “¿Cuándo matamos el puerquito? ¡Hasta que cague sebito!”.  Los rancheros de aquellos tiempos se ufanaban de que uno de esos  chanchos de 100 Kgs. fuera capaz de producir más de cinco arrobas de manteca,  sólo dos de carne y unos kilitos de chicharrones, producto muy apreciado también, que perfectamente exprimido se empacaba en marquetas circulares como todavía se hace en Tepa ¡Y a las minas con ellos! De esos cerditos se desperdiciaban solamente los gruñidos, y habrá que tomar en cuenta que la manteca era mucho más valiosa que la carne. Es conveniente aclarar que la arroba (@), que para las nuevas generaciones no es mas que un signo de la computadora para agregar al correo electrónico, con ese mismo signo era una medida árabe de peso equivalente a 11.5 Kgs. (la cuarta parte de un quintal).

Hoy que los cerdos de nuestras granjas han evolucionado en su genética hasta casi no producir grasa, las carnitas se siguen friendo, pero se necesita agregarles manteca, y lo hacen en efecto, para que sigan siendo el platillo exquisito, que en tiempos pasados prepararon con la antigua receta los carniceros viejos como don Juan Padilla (Patalarga), don Rafael Martínez (El Pigüe) don Rafael Ortiz (El Che), Antonio y Pepe Gutiérrez (Los Gordos), y los hijos y sucesores de todos ellos, que las siguen preparando, no tan “rendidas” pero también exquisitas.

Ganado Lechero

En cada rancho había una o dos vacas “para la leche de los niños”, y si sobraba un poco, para hacer queso, porque el negocio era producir bueyes para la yunta, y “entre más grandes y cuernudos” (Sic), mejores.

A propósito de quesos, las adoberas, la panela y el requesón han sido de fabricación tradicional en Los Altos. En la mayoría de las casas había un zarzo; que era una especie de estera o alfombrilla tejida de carrizos atados unos al lado de otros, y colocados en armazón horizontal, de manera que colgaran de un mecate pendiente del techo a buena altura, para que no quedaran al alcance de los niños ni de los gatos y roedores. Era el lugar ideal para orear las adoberas, y podían durar meses sin echarse a perder.

A partir de 1945 la compañía NESTLE inició en los ranchos la recolección de leche para su planta industrializadora de Ocotlán, Jal.; a duras penas reunieron 500 litros el primer día, pero empezó a crecer la cantidad hasta que la zona produjo 20 años después  alrededor de un millón de litros por día.

La sustitución paulatina del ganado criollo por el Holstein-Freisian, el suizo y el Guernsey, dio por resultado un aumento espectacular en la producción de leche, al que no fue ajena ni la alimentación técnica de las vacas ni la inseminación artificial de las reproductoras. Hubo tiempo en que la región producía cerca del millón de litros de leche diarios, y ahora quizá no llegue a la mitad de eso.

En la actualidad se están produciendo nuevas variedades de quesos, pero desde hace más de 40 años se produce en nuestra ciudad el mejor Cheddar de México.

Ganado de Carne

Con la diversificación iniciada en 1954, vinieron la porcicultura y la ganadería de carne intensivas. En la Expo Ganadera de cada año a partir de la década de los 70, se vieron representadas varias razas de ganado de carne traídas de otros lados, y en pocos años las todas las razas cebuinas y otras más, se empezaron a críar en las praderas inducidas, y poco a poco subió en importancia la ganadería de carne. Los premios en las diferentes exposiciones ganaderas no se hicieron esperar, compitiendo con otras regiones y países tradicionalmente ganaderos.

Actividades Secundarias

La materia prima de calidad es indispensable para la destilación del mejor tequila, y teniendo como ya dijimos una calidad de suelos inmejorables, un clima ideal con más de 320 días soleados; el trabajo de las tierras que no se da en otras latitudes, y el agave alteño que gracias a todos estos factores es de primerísima calidad; no es de extrañar que el sabor, la textura y la suavidad de nuestro tequila, esté alcanzando mercados mundiales donde la gastronomía es esencial. Como un plus agregado a la fabricación del tequila, se está produciendo en el municipio la “miel de agave”, que no hay que confundir con la “miel de maguey”. La que procede del agave es azúcar de fruta (levulosa) o fructosa, que tiene un porcentaje muy bajo de glucosa, y por lo tanto es inmejorable para endulzar, sin los efectos nocivos de la sacarosa o azúcar de caña

De la misma manera se deriva del agave y se produce en Tepa la Inulina, un probiótico moderno de cada vez mayor consumo.

Guerras de Reforma

Un acontecimiento sucedido en 1856 podría servir para palpar el ambiente que se vivía en nuestra ciudad el año de 1860, muy poco antes de las Guerras de Reforma.  Los descendientes de los primeros indígenas de Tepatitlán se inconformaron contra la Ley de Desamortización de Bienes de Manos Muertas, que entre otras, despojaba a las comunidades indígenas de su patrimonio territorial, que les fue concedido por el rey de España en 1551 y que la “Ley Juárez” les arrebató. Su recurso de petición fue rechazado “por falta de un sello”.

La Intervención Francesa

La conseja de que aquí en Tepatitlán “se perdió” un batallón francés no es mas que una leyenda sin fundamento histórico, basado solamente en que hubo ( y hay) parte de la población alteña rubia, con ojos azules o verdes, no es atribuible en manera alguna a la Intervención Francesa de 1862 a 1867. ¡Demasiado poco tiempo para modificar una etnia regional! Cierto que estuvo acantonado aquí el ejército francés, y que pasó por aquí el mariscal Aquiles Bazaine, pero solamente quedó la Legión Extranjera Francesa, compuesta principalmente por zuavos  argelinos, del Norte de África, gente sin la menor semejanza con los habitantes alteños:  rostro atezado,  pelo crespo, nariz ganchuda y piel renegrida por el tórrido sol del continente africano.

Mal podían fraternizar los alteños con tales invasores, que a su condición de tales, añadían las nunca negadas características remanentes de cafrería, que un barniz de civilización no bastaba para disimular, como lo demostró el salvajismo de que hicieron gala durante su permanencia en México.

De la estadía francesa en Tepa solamente quedó un par de apellidos: Fawzor y Dellòn (que luego se convirtió en Dillón). El primero, que era por cognación ya se perdió, y el otro, por agnación, sigue vigente en varias familias tepatitlenses, fruto del amor de un legionario de padre francés y madre argelina, con una muchacha alteña; pero de ello, a que haya habido la mezcla étnica masiva que supondría cambiar la apariencia y el carácter hispanos de la zona, hay un rato largo.

¿De dónde pues la gente rubia y de ojos de color?  ¡De España, claro! De las dos Castillas, de Extremadura, Vasconia, y sobre todo de Andalucía, de cuya población de árabes, dijo  el gran arabista Sánchez de Albornoz, “no había la menor semejanza entre los árabes que invadieron España en el 911 y los que salieron de Granada en 1492: aquellos eran de tez morena, pelo crespo y nariz aguileña, y entre éstos que salieron había un gran porcentaje de gente rubia, producto de la “debilidad” de los califas omeyas y abasidas por las esclavas rubias que les traían los piratas berberiscos del Mediterráneo”.

No olvidar que el nombre primitivo de Andalucía fue  “Vandalucía”, tierra de vándalos, y éstos eran nórdicos, de Escandinavia, gente rubia, que  con frecuencia invadía el Sur de la Península.

Antonio Rojas

En la guerra desatada entre liberales y conservadores destacaron tres tepatitlenses: el coronel Antonio Rojas, nacido en el rancho El Buey, al pie del Cerro Gordo, que siendo salteador de caminos se dio de alta en las llamadas Gavillas Juaristas, cuerpos de tropa compuestos por elementos heterogéneos, que el Presidente Juárez se vio obligado a aceptar indiscriminadamente en su ejército, por la necesidad desesperada de oponer resistencia a los conservadores primero, y a las tropas francesas enseguida.

Rojas se distinguió muy pronto por el salvajismo y crueldad de que hizo gala en todas sus acciones, comandando a Los Rojeños, un regimiento de caballería integrado por mil jinetes galeanos (lanceros) cuya movilidad y barbarie los hizo temibles.

Se enfrentó en Barranca Blanca, Nay, en duelo singular a Manuel Lozada, el famoso Tigre de Álica, tan despiadado y sanguinario como el tepatitlense, y resultó vencedor, lo que provocó que Lozada huyera con toda su indiada de más de 5,000 hombres.

Tuvo pleito casado personal con el coronel legionario francés Berthelín, y se enfrentaron en varias ocasiones con resultados alternos de victorias y derrotas, pero al final el zuavo argelino sorprendió al mexicano en Potrerillos, paraje cercano a Unión de Tula y lo mató con tres balas por la espalda, entorpecido como iba éste por más de 200 mulas cargadas con el botín que se había apoderado cuando destruyó el pueblo de Mascota.

Juan Nepomuceno Ibarra

Otro célebre tepatitlense de esta época fue el general Juan Nepomuceno Ibarra, soldado de la reforma y luchador contra la Intervención Francesa.  Se dio de alta como “chinaco”, lo que equivale a decir guerrillero un tanto desarrapado, que andaban a las órdenes de don Santos Degollado, sin uniforme, mal vestidos, pero bravos.

Pronto hizo méritos en campaña y con 110 hombres defendió a Tepatitlán y no se rindió  ante fuerzas muy superiores del general Cuellar apoyado por el también general conservador Soto y Troncoso. Peleó a las órdenes del General Ramón Corona, comandando al “Batallón Ligero de Jalisco”, logrando el título de Teniente coronel, y con ese título peleó en la batalla de La Coronilla, donde derrotaron a los franceses a pesar de la escasez de parque.

Fue firmante de la Constitución de 1857 representando al Estado de Puebla, y Porfirio Díaz lo nombró General de División.

Zeferino Martín del Campo

Para completar la triada, tenemos al coronel Zeferino Martín del Campo, un soldado republicano que participó en las Guerras de Reforma y contra La Intervención. Al finalizar la lucha, con el fusilamiento del emperador, el Presidente Juárez dio de baja de su ejército una inmensa multitud de militares y “chinacos”, que por más de 10 años no habían tenido otro oficio que el de pelear y matar, y era lo único que sabían hacer, por lo que se diseminaron por el territorio en forma de gavillas de salteadores, que sembraron el terror y la inseguridad por los caminos.

Al tomar el poder Porfirio Díaz dio órdenes a su amigo, el General sanmiguelense Francisco Ramírez, de pacificar al país a como hubiera lugar. Cuentan los relatos que tras de la primera escaramuza donde tomó varios prisioneros, envió un telegrama urgente al primer mandatario pidiéndole instrucciones al respecto. “Mátalos en caliente” fue la inmediata respuesta, tan breve como perentoria, que fue cumplida fielmente.

Aquí en la región de Los Altos el Coronel Zeferino fue el encargado de pacificar la región, y lo hizo tan cumplidamente, que en poco tiempo se podía transitar con seguridad. Posiblemente siguió las instrucciones porfirianas…

El ayuntamiento lo premió con un lote baldío en el centro de Tepa, la cuarta parte de una manzana, donde antes fue el “Corral del Síndico”, lugar al que iban a parar los animales que andaban sueltos por la calle, y más si eran “orejanos” (que no estaban herrados).

Un comunicado de la autoridad civil ordena el 4 de junio de 1862 al Sr. Cura de la parroquia de Tepatitlán, que celebre un solemne Te Deum en acción de gracias, porque ese dia sus Ilustres Majestades Maximiliano de  Absburgo y su  esposa la emperatriz Carlota, pisan por vez primera territorio nacional.

Una nueva misiva explica el porqué están aquí los soberanos: “porque ellos tienen oficio de gobernar, y vienen a hacer la felicidad bien entendida de los buenos mexicanos, cansados ya de tantos años de guerra”.

El 27 de diciembre de 1863 los soldados de la Legión Extranjera Francesa, al mando del mariscal Aquiles Bazaine, entran a Tepatitlán y provocan un incendio, que luego ayudan a sofocar, pero se quema una parte del Archivo Municipal.

La Revolución Mexicana

Por más que el 20 de noviembre de 1910 fuera  el día señalado por el Plan de San Luis, lanzado por don Francisco Ignacio Madero “para que desde las 6 de la tarde en adelante  todos los ciudadanos de la República tomarán las armas para arrojar del poder a las autoridades que actualmente gobiernan…”, en Tepatitlán no  pasa  nada, porque hasta acá apenas llega el eco de pronunciamientos y asonadas, ocupado como está cada quién en sus asuntos de tierras y ganados, y aunque todos han oído hablar de Don Porfirio y sus reelecciones, muy pocos lo conocen en persona, pero sí aprecian la paz de que  disfrutan, y tanto es así, que todavía recuerdan algunos  que el 27 de septiembre de 1897 se organizó un solemne Te Deum en la parroquia para dar gracias a Dios porque el mandatario salió indemne de un atentado. Si hemos de ser francos, en Tepatitlán se veía a ese viejo porque no olvidaban el clima de inseguridad que vivieron antes de su llegada al poder. Nuevamente nuestra ciudad estaba por el orden establecido.

Tenían, además, cosas más urgentes de qué preocuparse, como la espesa lluvia de cenizas que cayó en toda la región, que les mató parte de su ganado por falta de agua y pastos, y aunque afortunadamente hubo abundantes cabañuelas, la situación se puso crítica, y el año que llovió la tierra no se iba a olvidar tan fácil.

La Revolución (la Revolufia para los alteños) seguía ardiendo por otros lados, pero aquí no había de qué preocuparse, hasta que el 6 de mayo de 1914 un pelotón de soldados villistas llegaba a nuestra ciudad al mando del general Enrique Estrada, acompañado del coronel Ricardo Machain y el Lic. Ignacio Ramos Praslow, quienes exigieron en calidad de préstamo al recaudador de rentas don José Godínez la entrega de los fondos de la Tesorería Municipal, que ascienden a la suma de $ 980.00. Fungieron como testigos del “préstamo” los señores Donato Cuéllar y Román Martín del Campo, ante la ausencia del Presidente Municipal y de vicepresidente, Dr, Plácido Padilla Romero y Andrés Z. Barba respectivamente, quienes pusieron pies en polvorosa ante la llegada de los revolucionarios.

En vista del éxito obtenido en la Tesorería el general Estrada y sus compinches vuelven a las andadas imponiendo otro préstamo forzoso, pero ahora al Señor Cura Agapito Ramírez, quien tenía su guardadito de $1,000 para la construcción de la torre Norte de la parroquia.

En junio de 1918 oleadas de bilimbiques inundan la ciudad. Eran los billetes, tan hermosos como carentes de valor, que Pancho Villa primero, Carranza enseguida, y los demás jefes revolucionarios después, se dieron gusto a imprimir para hacer frente a los gastos de sus tropas. Con ellos cubrían los haberes de sus hombres, y éstos a su vez pagaban sus víveres y pertrechos, provocando la quiebra de algunos comerciantes, porque en cuando esa facción salía, entraba otra y los billetes de aquellos no valían nada.

Se les llamó “bilimbiques” en recuerdo de aquel Billy Bikes, que siendo mayordomo de una hacienda en el norte del país, pagaba a sus peones con pequeños trozos de papel, que sólo tenían valor en su tienda de raya.

Existen en el Archivo Histórico Municipal algunos telegramas, que nos muestran cómo los jefes de las bandas revolucionarias que pululan por toda la República, se disputan la validez de sus respectivos papeles: “Guadalajara, 1º de abril de 1915.  Por disposición del C. Jefe de Operaciones, general Francisco Villa, se declaran nulos y sin valor, todos los billetes emitidos por el gobierno del Sr. Carranza, tales como los del Ejército Constitucionalista, los emitidos en Monclova, los del Gobierno Provisional, Etc.”

“En esta virtud se prohíbe desde esta fecha su circulación, quedando solamente exceptuados los cartoncitos de 5, 10, y 20 Cts. Lo comunico a usted para su conocimiento a fin de que lo haga saber inmediatamente al público”

Atentamente: Julián Medina.

Gobernador del Estado de Jalisco

Otros decretos emitidos por el Primer Jefe Venustiano Carranza, declaran nulos y sin valor los billetes de sus enemigos, y la gente no sabe qué hacer, porque mal acaban de conocer unos billetes cuando ya vienen otros diferentes, y los primeros ya perdieron su valor. Nadie se atreve a vender algo, y por lo mismo, la gente vive sin meter mano a la bolsa, lo que significa que deben vivir con lo que producen ellos mismos; maíz, frijol, huevos y el infaltable chile. Los comerciantes sólo abren sus tiendas cuando algún jefe militar los obliga bajo pena de fusilamiento ipso facto. En el Museo de la Ciudad se exhibe una buena colección de bilimbiques de por lo menos diez estados de la República.

El 24 de febrero de 1917 los generales villistas Teodoro Trujillo y Alberto Vaca entran a Tepa a uña de caballo, con 100 hombres y gran estruendo de balazos y se apoderan de los $ 267.00 que hay en la Tesorería Municipal y de una pistola que iba a ser subastada.

Muchísimos generales y políticos se enriquecieron, y también la gramática, porque hay un nuevo verbo; carrancear, que significa desde entonces apoderarse de lo ajeno contra la voluntad de su dueño.

Salvo estos pequeños pormenores, podemos decir que en Tepatitlán, la Revolución llegó y se fue…

La Guerra Cristera

En el Combate de San Julián el Padre Vega y El Catorce con apenas 400 hombres se enfrentaron en las calles de la pequeña población, a los casi 900 soldados federales del general Espiridión Rodríguez, quien al caer la tarde envió un propio al sacerdote diciéndole que si era tan hombre lo esperara al día siguiente a las 5 de la mañana, porque iba a atacarlo.

Contra el parecer de sus subalternos que le aconsejaron rehusar la pelea, haciéndole ver que los contrarios eran más del doble y con inmejorables fusiles, y además con ametralladoras pesadas, el sacerdote respondió que estaba listo, y que se iba a ver quién era más hombre.

A las 5 de la madrugada en punto, se rompió el fuego y los federales empezaron a avanzar por las primeras calles, pero de inmediato la primera oleada fue rechazada y se estabilizó el frente de batalla. Al constatar el número de atacantes, el Padre envió a matacaballo a uno de sus mensajeros hasta Jalpa de Cánovas, en El Bajío, donde se encontraba el general cristero Miguel Hernández, con la urgente petición de auxilio en el menor tiempo posible.

Al mediar la tarde los dos contingentes habían escenificado avances y retrocesos, pero poco a poco, merced a su número y a la potencia de fuego de las ametralladoras, los federales empezaban a penetrar y amenazaban con rebasar las filas cristeras. Un nuevo mensajero partió a galope tendido rumbo a Jalpa…

Aquella ametralladora pesada emplazada en una cerca, barría con sus ráfagas la calle principal, y los cristeros se veían imposibilitados para avanzar, pero de pronto, El Catorce ordenó a sus hombres que centraran el fuego sobre la pieza para impedir que el artillero tomara puntería. Montó aceleradamente en su caballo “Chamaco”, y arrojando el Mauser enarboló su soga de Chavinda, y mientras sus amigos arreciaban el fuego, voló sobre la cerca y a la pasada lazó la máquina infernal, que se llevó arrastrando patas para arriba por el potrero. Los cristeros vitorearon a su jefe.

Allá a lo lejos se veía una polvareda como de jinetes al galope y los federales empezaron a gritar jubilosos ¡Ay viene el indio Amaro a ayudarnos! –refiriéndose al General Joaquín Amaro, Ministro de Guerra y Marina, que andaba en esos días por El Bajío- a quien habían llamado en su auxilio.

La columna de polvo se iba acercando rápidamente, y mientras los cristeros pedían a Dios que fuera Miguel Hernández, los federales alimentaban la esperanza de que fuera Amaro. Al trasponer una pequeña loma se percibieron claramente las filas de calzón blanco de los cristeros, que no cortos ni perezosos enviaron una granizada de balas sobre la retaguardia de los federales. Mientras los cristeros gritaban vivas y arrojaban sus enormes sombreros al aire, los sardos federales huían a galope tendido, desorganizados de toda resistencia. Al frente de ellos su general Espiridión Rodríguez perdió su gorra galoneada y su garniel, que fueron recogidos y exhibidos en San Julián.

A partir de entonces el ejército federal empezó a tomar en serio la rebelión de los cristeros.

El "Güero" Mónico y Quirino Navarro

Un pelotón de más o menos 80 soldados federales se movía por el rancho de Las Palomas en busca de posibles rebeldes. Los telegramas de Quirino Navarro, Presidente Municipal de Tepatitlán, urgían al cuartel general de Colimilla que enviara armas y gente, porque en los alrededores de la ciudad pululaban los alzados. Cada día se tenían noticias de nuevos levantamientos, y esa era la razón de la presencia de los federales.

Allá a lo lejos, sobre una loma, un catalejo escudriñaba ansioso el panorama, porque un cuerno había dejado oír su ronco mugido, y el Güero Mónico Velázquez, a la sazón de 71 años de edad, había aprestado su teodolito, y lo que percibió no fue nadita de su gusto. Una larga fila de bultos oscuros resaltaba contra el pasto amarillento de los campos. Ajustó los prismas de su anteojo hasta captar nítidamente la ringlera de soldados que con paso cansino, recorrían descuidados el camino rumbo a Capilla de Milpillas.

Hizo sonar su cuerno y al poco rato 20 rancheros estaban listos y armados. El Güero ordenó que tres de ellos desde cierta distancia les aventaran balazos a los soldados para hacer que los siguieran, y luego se regresaran. Preparó la trampa en el Cañón de Troneras, y cuando los federales entraron al angosto desfiladero, los fusiló a mansalva de manera que solamente uno escapó. Recogió las armas y con ellas atacó la Comandancia de Policía diciendo a sus hombres: “Vamos a echarle balazos a ese Quirino Navarro”.

De todos los rumbos llegaron campesinos y casi 2,000 hombres sitiaron Tepatitlán. Había gente de sobra, pero pronto se les acabó el parque, y si agregamos a eso que Quirino Navarro hizo prodigios de valor y de improvisación, y que enseguida llegaron de Guadalajara dos batallones federales y un regimiento de caballería, se explica que haya terminado en fracaso cristero el Primer Combate de Tepatitlán.

Anacleto González Flores

Fue un abogado tepatitlense, egresado de la U de G, ideólogo de la lucha por la libertad religiosa, y como admirador del Mahatma Gandhi impulsor de la resistencia pasiva contra la persecución religiosa que desató Plutarco Elías Calles.

Jamás tomó las armas y combatió con sólo su palabra y con su pluma, por los ideales que defendía. Su periódico “Gladium) llegó en plena lucha a lograr tirajes de 110,000 ejemplares por semana, lo que nunca ha logrado periódico alguno en México.

Fue tomado preso en Guadalajara y llevado al Cuartel Colorado, donde sin siquiera una simulación de juicio, fue torturado salvajemente y luego atravesado por una bayoneta, en presencia del general Jesús M. Ferreira.

Fue beatificado por el Papa Juan Pablo II.

Segundo Combate de Tepatitlán

Aquellos primeros 15 hombres que iniciaran la lucha cristera en Junio de 1926, se habían convertido en abril de 1929 en casi 50,000 hombres armados, esparcidos por una tercera parte de la República, que hacían prever en un futuro no muy lejano, que podrían prevalecer sobre los 79,000 soldados federales, porque aunque menores en número, los cristeros estaban animados por una fe que movía montañas, y el Estado Mayor Cristero tenía sus planes…

Hacía algunos meses que en Tepatitlán y sus alrededores, estaban haciendo acopio de parque y de caballada, y la quinta columna gubernamental había sabido que los rebeldes planeaban un ataque a Guadalajara, y en caso de caer en sus manos, significaría un golpe de inmensas repercusiones. Había que evitarlo.

Una tarde fueron a decirle al Padre Vega que en los llanos de El Guayabo, cercanos a Tepatitlán, había acampado un cuerpo de ejército de más de 3,000 efectivos, comandados por el Gral. Pablo Rodríguez, y que posiblemente atacarían la madrugada siguiente.

La ruta que seguirían era fácilmente predecible, y el sacerdote guerrillero apostó sus  aproximadamente 900 hombres en las azoteas de todas las fincas de la calle que serviría de entrada a los pocos federales, y a los muchísimos agraristas que venían con ellos en calidad de carne de cañón. Esos ejidatarios de San Luis Potosí venían engañados con el señuelo de darles tierras en Los Altos.

La sorpresa fue completa, y cuando los atacantes quisieron dar marcha atrás, la calle ya estaba obstruida, y desde todas las casas los siguieron fusilando sin misericordia.

Desembocaron en la Plaza de Armas y desde lo alto de la parroquia, de la Presidencia Municipal, del curato y de las demás fincas, un fuego nutrido los diezmaba amenazando con no dejar ni uno vivo. En cuanto caían, los cristeros les arrojaban puños de tierra en la cara y al mismo tiempo gritaban: -¿Vinites por tierra? ¡Pos tómala!

Los sobrevivientes tomaron el camino hacia pegueros, de donde habían venido, y también entonces se hizo sentir la estrategia del Padre Vega, que haciendo honor a su apodo de “El Pancho Villa de Sotana”, les había colocado de trecho en trecho destacamentos de rebeldes perfectamente posicionados, que los acribillaban sin piedad.

Fue el combate más fuerte de toda la Guerra Cristera y el mayor triunfo del Padre Vega, pero no pudo disfrutarlo, porque un francotirador le atravesó la cabeza de un tiro, y apenas tuvo tiempo de arreglar sus asuntos con Dios.

Al caer la tarde y todo el día siguiente se pasaron recogiendo cadáveres, (más de 3,000) entre federales y agraristas, porque increíblemente los cristeros solamente sufrieron 28 bajas, confirmadas por quienes los velaron en el portal de la Presidencia.

Los "arreglos"

La muerte del Generalísimo Enrique Gorostieta Velarde, de Anacleto González Flores, del Padre Vega, de El Catorce, de Miguel Gómez Loza y otros jefes, produjo un desaliento general, pero no una baja en las actividades. Caía uno y se levantaban otros para tomar la estafeta. Jesús Degollado Guízar tomó el mando que dejara vacante Gorostieta, y secundado por Lauro Rocha, Heriberto Navarrete, el Padre Aristeo Pedroza, Jesús Márquez y otros cabecillas, continuó la lucha, y ya se preparaban para nuevas acciones, cuando cayó como bomba la noticia de que dos obispos estaban teniendo pláticas con el gobierno.

Muy pocos días antes de su muerte, Gorostieta había publicado un manifiesto en el que reclamaba de los obispos un poco de consideración por quienes lo habían abandonado todo por la libertad religiosa, pero al parecer fueron palabras al viento. Pocos días después de muerto el Generalísimo, dos obispos ancianos e ingenuos pactaron con el presidente Emilio Portes Gil, unos “arreglos” irrisorios, equivalentes a una rendición incondicional que sólo se impone a los vencidos, y los cristeros no lo estaban.

Necesitaron más valor para inclinar la cabeza ante el mandato de la jerarquía, que para tomar las armas y arrostrar las balas. La misma sumisión que demostraron, comprueba que su causa era por la religión. Los estaban entregando inermes para que los asesinaran, pero ni así se rebelaron.

Los “arreglos” fueron un pacto entre políticos, lleno de falsedades, traiciones y engaños. Los obispos firmaron aun sin respetar los ocho puntos señalados como condición por el Papa Pío XI. Portes Gil nunca firmó, conformándolos con vagas promesas que jamás le pasó por la mente cumplir, tal como afirmó en una reunión con sus hermanos masones.

El verdadero armisticio se firmó en Tepatitlán, entre el coronel Rodolfo Vizcaíno Hueso como representante federal, y Jesús Degollado Guízar por los cristeros. Ésta sí fue una paz entre soldados, caballerosa, llena de comprensión y de mutuo entendimiento. Existe una fotografía que nos los muestra, sentados juntos en una banca del jardín de la Plaza de Armas, frente al Cine México, mientras esperan que se termine el aseo del local. Los soldados fraternizan con los cristeros, y los enemigos de ayer se dan la mano.

Después del armisticio o “arreglos”   murieron más cristeros cazados como fieras por las jaurías de “Las Comisiones”, que en todos los combates juntos.

Así se consumó el hecho histórico más importante en la memoria de Tepatitlán, y sin importar nuestra actual ideología, los tepatitlenses nos sentimos orgullosos de lo que aquí pasó, porque fue la respuesta viril de un pueblo que no se dejó pisotear.

La Avicultura

Las primeras granjas avícolas “grandes” de Tepatitlán no pasaban de 2,000 aves, casi todas de raza leghorn, que dormían en perchas de madera, ponían el huevo nuestro de cada día en ponederos de lámina en forma de casitas, con puertecillas cerradas por cortinas de mezclilla azul, de manera que quedaran pudorosamente ocultas en el acto trascendental de poner, y en una cómoda semipenumbra que propiciara las ganas de hacerlo todos los días. Los gallineros tenían puertas pequeñas que daban a patios de tierra suelta, de manera que las ponedoras pudieran tomar el sol y “revolcarse” a su gusto. Eran los tiempos en que todavía se pensaba en la comodidad de las aves, porque ahora se hacinan en jaulas para evitar que en inútiles movimientos gasten las energías que hacen falta para poner.

El alimento venía en costales de tela, a cual más de llamativos colores, y pronto la población de escasos recursos, se vestía de pies a cabeza de esas telas.  Las diversas marcas competían por sacar novedosos diseños, y la gente hacía cola para adquirirlos.

Muchos comerciantes se especializaban en vender huevos “cascados”, que eran mucho más baratos, y ese alimento se puso al alcance de todos, no menos que las gallinas de desecho, que al cabo el fuego lo ablanda todo, y de esa manera el auge llegó de algún modo a todos los rincones.

Los varones de la avicultura se saludaban con un: -¡Buenos días!  ¿Cómo amanecimos de postura? Y al poco tiempo: -Quihubo, ¿A cómo amaneció el huevo?  porque lo vendían al día a compradores locales. Hoy nadie pregunta porque cada quién aprendió a vivir sus propios afanes.

La Asociación de Avicultores de Tepatitlán, regentada por don Modesto Martín, hizo una consulta profesional a los avicultores de Tehuacán, Pue. que les llevaban ventaja con  años de experiencia, acerca de la mejor manera de transportar aves en forma industrial, y éstos les mandaron unos dibujos con huacales hechos de varas donde se asomaban las gallinas, y otros de personas con canastas llenas de aves cargadas en la espalda, con su respectivo mecapal… ¡Ya llegaría el día en que las jaulas y casetas Made in Tepa  llenara el panorama nacional de sus magníficos implementos con tecnología de punta!

Nuestras Tradiciones

En la “Época de Oro del Cine Nacional”, en muchas películas mexicanas había referencias a Tepatitlán, y una parte de “Esos Altos de Jalisco” se filmó aquí en la casa del Dr. Manuel González Vargas. Eso era sólo una muestra de que las tradiciones que aquí se cultivaban, contribuían a llamar la atención de propios y extraños acerca de nuestra manera de vivir; por ser gente de a caballo, por la vestimenta de los charros, por la belleza limpia de nuestras mujeres, y por la vida campirana, ya que el 90 por ciento de la población vivía en el campo. Venían al pueblo a misa y a comprar sus avíos y enseguida se regresaban a la serena placidez de sus ranchos.

Era ciertamente una vida de privaciones y trabajo, pero la doctrina católica que permeaba cada acto y daba sentido a cada cuita y desdicha, les permitía sobrellevar con paciencia no exenta de laboriosidad, una existencia que si a otros parecía monótona y carente de perspectivas, ellos le veían trascendencia y futuro, porque venían de gente que no perdió la esperanza durante 800 años de dominación, y supo culminar La Reconquista con la toma de Granada.

Por eso tiene sentido de presente y de futuro el lema que ostenta nuestra ciudad: “Su Tesoro Está en su Gente”.

Fiestas Patronales

Desde que el año de 1839 fue encontrada la imagen del Señor delineada en el tronco y las ramas de un encino, un gran número de peregrinaciones llegaron hasta el rancho de El Durazno, y el día que fue trasladado el Cristo milagroso, los campesinos de los contornos y la gente de Tepatitlán, cubrieron los caminos de flores y en una carreta estirada por bueyes, lo trajeron a Tepatitlán, donde recorrió algunas calles recibiendo las aclamaciones del pueblo.

A partir de entonces se creó la tradición de ese recorrido por la ciudad, misma que se vio interrumpida en 1889 y 1893 cuando dos gobiernos municipales encabezados por José Ana Casillas y Ventura Gómez Alatorre, respectivamente, la impidieron “por ser Tepatitlán un pueblo progresista”,  y en 1948 cuando la “salida” se efectuó en profundo silencio, por  fricciones entre la autoridad civil y la eclesiástica. En tiempos de la Guerra Cristera, de 1927 a 931, tampoco hubo festejos, a causa de la persecución al culto católico.

Desde entonces se han venido celebrando cada vez con mayor lucimiento, y a partir de 1971 cuando se institucionalizó la Feria de Abril, los festejos profanos se fueron agregando a los religiosos, hasta integrar la serie de eventos notables, que del 21 al 30 de ese mes, hacen de nuestras fiestas las más concurridas de la región. Además de las solemnidades religiosas donde desfilan hasta una docena de carros alegóricos acompañando al Señor, con pasajes de la Biblia en que las protagonistas son las muchachas más bellas, hay juegos pirotécnicos, charreadas, torneos deportivos, eventos culturales, teatro del pueblo, y la segunda exposición ganadera más importante después de la de Guadalajara.

Nuestros Valores Ancestrales. La Religiosidad.

Ya decíamos que los conquistadores venían de la última cruzada que se libró en el Occidente. La toma de Granada por los Reyes Católicos tuvo el doble carácter de expedición a la vez política y religiosa: cristianos contra mahometanos por un lado, pero también estaba en juego por el otro, la reunificación española con La Reconquista del territorio.

No podemos juzgar con criterio de 2012 lo que sucedió en 1492 (la toma de Granada) y en 1519, (La Conquista) porque el ámbito y las circunstancias eran totalmente diferentes de las actuales. Los conquistadores de allá y de aquí eran ciertamente cristianos católicos en su inmensa mayoría, pero el mal llamado “Derecho de Conquista” permitía crueldades y acciones que no compaginan con la religión, como en el caso de Nuño Beltrán de Guzmán, sanguinario y sádico, que se decía cristiano.

Hecha esta salvedad, hemos de decir que quienes pacificaron esta región, no hicieron ciertamente gala de blandura, ni fueron hermanitas de la caridad, pero tampoco lo hicieron los salvajes chichimecas que masacraban las caravanas y se comían sin distinción a los semovientes de dos y de cuatro pies. Eso endurecía las acciones, y enturbiaba las mentes, olvidando los preceptos cristianos de amor al prójimo, pero la herencia que nos dejaron, una vez mitigadas las pasiones, fue de creencias y prácticas que normaron a partir de entonces la vida de las comunidades, y tanto era así, que  los plazos y vencimientos para saldar deudas, se establecían de acuerdo con las festividades más importantes del santoral: Año Nuevo, el día de la Candelaria (2 de febrero), para el 30 de abril (día del Señor de la Misericordia) para San Pedro y San Pablo (29 de Junio), para el día de San Miguel (29 de septiembre) para Todos los Santos (1º de noviembre) y para el día de San Andrés (30 de noviembre).

Si nos fijamos bien, solamente en noviembre caían dos fechas, y a ese respecto había unos versillos: Y siendo los meses tantos/ noviembre dichoso es,/ empieza con todos Santos/ y acaba con San Andrés.

En los tiempos que corren, la religiosidad subyace en todos los aspectos de la vida de quienes somos originarios de esta región, y la transgresión de sus preceptos es el origen de tantos complejos de culpa, y de tantos episodios de depresión. La ignorancia o la no aceptación de esta realidad, haría infructuosos los esfuerzos de los psicólogos, dejaría vacíos sus divanes y la desmoralización haría presa en nuestra sociedad.

Puede ser que no actuemos como católicos practicantes a cabalidad, pero en nuestro subconsciente se emboza la religiosidad que los avatares de la existencia se empeñan en sofocar.

El amor franciscano por la tierra

El hecho de que el municipio de Tepatitlán sea el más repartido de la República (y sin parcelas ejidales) tuvo su origen desde La Conquista, y va íntimamente ligado a la familia alteña. Cuando conquistaban una tierra los soldados recibían un “merced” de tierras, y el que éstas fueran tan avaras de sus dones, propició   familias numerosas, porque a falta de esclavos (que sí los había) o de indios tributarios, hacían falta brazos para el trabajo campesino, y los hijos arrimaban el hombro para desempeñarlo.

Las familias de 12, 15 y más hijos eran lo normal, y como todos trabajaban, se hacía necesario ir acrecentando las propiedades para dar a cada uno su pedazo de tierra, sobre todo a los varones. Al principio no era un problema, porque las tierras realengas (que no tenían dueño y pertenecían al rey) eran numerosas, pero al agotarse éstas, había que repartir la propiedad familiar, y así se fue pulverizando en cada vez más pequeñas propiedades de generación en generación, con la salvedad de que la compra-venta de bienes raíces, solucionaba a veces el problema. No eran raras las familias en que el padre compraba otro pedazo cada vez que le nacía un hijo.

Por lo demás, la seguridad en la tenencia de la tierra era indudable, y si alguien recorría unos cuantos metros los linderos de su propiedad a costillas de su vecino, sabía que estaba poniendo en riesgo su propia vida. De la misma manera los abigeos y cuatreros solían pagar con la vida su afición por los bienes del prójimo.

El respeto por la vida prenatal

Gracias a la religiosidad inmanente en los alteños, que en el fuero interno penaliza el aborto, no eran muchas las mujeres en estado de gestación que trataran de provocarse un aborto, aunque no faltaban las que se tomaran sus infusiones de ruda y demás yerbas para provocarlo. La iglesia establecía penas muy severas para los abortos provocados, y si algún médico se prestaba a ello y se hacía del conocimiento de la comunidad, lo más probable es que se viera obligado a salir de la población, tras de perder su clientela.

En contrapartida, la vida de un hombre valía muy poco en una sociedad donde imperaba el machismo, y el honor se reivindicaba con sangre. El máximo de la valentía era sostener el pañuelo por una de sus puntas, y en el momento en que el contrincante aceptaba el duelo tomando la punta opuesta, se vaciaban las pistolas a esa cortísima distancia, y normalmente ambos quedaban muertos, pies con pies, como se decía entonces.

La indisolubilidad de la familia

Otra vez la religiosidad se vuelve a imponer como principio básico y valor indiscutible de la vida alteña. En el momento de celebrar el matrimonio se había hecho la promesa solemne de tener los hijos que Dios quisiera dar, y había que atenerse a ella, y como el común denominador era las familias numerosas, casi todas lo eran.

“Creced, multiplicaos y poblad la tierra” era el mandato divino, y aunque en la operación aritmética el Eterno no hubiera señalado el multiplicador, entre más hijos, mejor, parecía ser la conclusión.

El respeto por los padres está en el cuarto mandamiento, y se cumplía normalmente a rajatabla. Los mandatos paternos eran incuestionables y su autoridad no se ponía en duda.  Los hijos ni siquiera se atrevían a fumar en presencia de sus padres, y si éstos reñían entre sí, dormían en recámaras aparte, pero si les pasaba por la mente separarse como pareja, se aguantaban; mejor peleados o peleando que divorciados. No descalificaremos este proceder, como tampoco lo descalificaban los hijos.

A la luz de los nuevos conceptos esto suena a herejía, pero eran otros tiempos. A tal grado se respetaba al padre, que si éste moría y dejaba una deuda, los hijos se sentían obligados a saldarla.

El respeto por la palabra empeñada

¡Palabra de hombre! Se oía decir, y ya se había dicho todo en cuestiones de honor y de tratos, porque no había marcha atrás. Había dos palabras sacramentales: “Estamos tratados”, y con eso se cerraba un trato en forma irrevocable, y ya que mencionamos frases lapidarias vayan estas otras: “Cuando un hombre se raja, hasta la tierra tiembla”; “el buey vale por sus cuernos, y el hombre por su palabra” ¿Y quién no recuerda aquel trozo de la canción de Jorge Negrete: es mi palabra escritura, y mi lema la bravura? Todos abonando el culto a la palabra empeñada.

En algunos ranchos había la costumbre arraigada de que al cerrar un trato de palabra, el deudor entregara el sobrero a su acreedor, en prenda de cumplimiento, y quedara con la cabeza al aire, aunque claro previsoramente llevara en una saca otro sombrero, que se ponía en cuanto trasponía el camino, porque eso sí, hubiera preferido andar en paños menores que sin sombrero. Claro que el acreedor se deshacía en ruegos: -no hace falta, señor, póngase usted su sombrero, que al cabo estamos entre hombres. Al llegar el plazo, que invariablemente fijaban de acuerdo con las festividades religiosas más renombradas, puntualmente acudía el deudor con la cabeza descubierta y con una frase: “vengo a recoger mi sombrero”, saldaba el adeudo y se colocaba el sombrero “a media cabeza” porque había demostrado ser un hombre de honor.

Lástima grande que venidos desde lejanas tierras llegaran conceptos pragmáticos que dieran al traste con la confiabilidad que inspiraba la certidumbre de una palabra, avalada por la hombría de bien. “Papelito habla”. “Hablen letras y callen barbas”, “Vale más pálida tinta que la más brillante memoria”, “Por vida o por muerte, mejor vamos firmando”.

Esta era una situación ideal, porque no faltaban quienes hicieran caso omiso de su palabra comprometida, y eran conocidos como “tracaleros” y “vaquetones”, o peor aún, como “rajones”.

El amor al trabajo

El amor al trabajo ha sido norma de vida para los tepatitlenses desde tiempos inmemoriales, y no podía ser de otro modo en la “tierras flacas” de que hablara Agustín Yáñez, porque había que arrancarles a golpes de trabajo el sustento diario, tras de regarlas a profusión con sudores y lágrimas a la manera de la sentencia bíblica: “ganarás el pan con el sudor de tu frente”.

Alguien dijo que los valores tradicionales no son parte del patrimonio cultural, porque al parecer no son demostrables, pero sí que lo son; intangibles, porque no se pueden tocar en sí mismos, pero perfectamente perceptibles en la vida diaria y en sus efectos.

Existen regiones gobernadas por los sindicatos obreros en las que no se mueve la hoja del árbol sin la voluntad de los líderes. El espíritu gregario se palpa en esas tierras donde los hombres son manejables dentro y fuera de las empresas. La productividad es baja porque falta el incentivo de la voluntad innata del hombre independiente, que acepta su responsabilidad y la cumple con criterio alegre y decidido.

Esa realidad se vuelve palpable en la práctica del trabajo diario; hubo en Tepatitlán una empresa que confeccionaba ropa femenina de calidad para la exportación, que a los seis meses de su apertura había alcanzado, a partir de cero, una productividad del 75% de  eficiencia que al decir de su director general, no se había alcanzado en tan corto tiempo en ninguna de sus plantas del mundo.

Los líderes obreros no son bien vistos en estas tierras porque está claro que no trabajan por sus representados sino para su propia seguridad económica. “No mantenemos vagos” parece ser la consigna, y a partir de ella, las empresas tepatitlenses genuinas no tienen sindicatos, y están muy bien sin ellos. Sus trabajadores también…

Gastronomía

Lo mismo que el folklore, la gastronomía tepatitlense propia carece de las raíces indígenas tan frecuentes en otras zonas, por las razones históricas antes anotadas de poca presencia de mestizaje, y la  temprana desaparición natural de los aborígenes. Aún así, se consumen platillos como el pozole y las enchiladas, últimas éstas que presuponen las tortillas.

Si a alguna vianda o receta se le puede adjudicar origen tepatitlense, tendrían que ser las “carnitas”, los chicharrones prensados y los chamorros en adobo.

¿Cómo va a ser la gastronomía un patrimonio intangible (que no se toca) si estos platillos se disfrutan primero con la vista que nos invita a degustarlos? ¿Y cómo intangible si el olfato nos urge a saborear lo que exhala aroma tan exquisito?   ¿Y su apariencia doradita y el aspecto crujiente acompañadas de guacamole y frijoles refritos?

Cualquiera exclamaría ¿Intangibles? ¡Mangos!

Bueno;   son intangibles las recetas tradicionales para la preparación de carnitas y chicharrones prensados “estilo Tepa” que tienen más de 400 años,  y los buenos restaurantes que las preparan, (quedan pocos y hay que preguntar por ellos) como ya se narraba en el apartado de la Ganadería. La receta de los chamorros en adobo es apenas de mediados del siglo pasado pero no se quedan atrás entre los platillos gourmet de nuestra ciudad.

De la cocina española tradicional de tiempos del Virreinato nos quedó la receta de la capirotada clásica, una especie de budín a partir de “birote” y piloncillo, como postre de cuaresma de exquisito sabor, y las no menos ricas jericayas, otro postre venido de España.

Leyendas y relatos

Las leyendas y relatos de tiempos inmemoriales constituyen un tesoro intangible pero no menos valioso que algunos pueblos poseen, que muchos copian y se apropian, y no menos adaptan a sus propias circunstancias. Algunas leyendas como “La Llorona” tienen ciudadanía mundial, lo que no impide, sino propicia, que muchísimos lugares se atribuyan la paternidad y hasta den el nombre de la desventurada mujer y de sus hijos.

Quizá alguna de nuestras leyendas peque de eso mismo, pero es tan verosímil la concurrencia de tiempos, nombres y lugares que no podemos menos de creerlas, y eso que las leyendas son todo, menos creíbles…

Las nuestras están relatadas en un libro que se llama “Leyendas de Tepatitlán”, y la mayoría es de tanta fantasía como suelen serlo las leyendas, pero hay otras que hablan de personajes de carne y hueso, que existieron y fueron historia, pero se convirtieron en leyenda, por sus casi fantásticas aventuras. ¿Acaso la realidad no supera muchas veces a la fantasía?

Fueron legendarias las correrías del Güero Mónico, la crueldad de Antonio Rojas, la capacidad e inventiva de don Mariano Esparza y el desventurado episodio de don Próspero de Villaseñor que lo convirtió en el jinete sin cabeza. Muchos siguen buscando aún el Tesoro del Padre Vega y la caverna oculta en las entrañas del Cerro Gordo, y sé que algún día los han de encontrar.

La Barranca del Río Verde

Tras de un recorrido de centenares de kilómetros, el gran río en su afán de descansar sus aguas fatigadas en el lejano mar, se fue abriendo paso durante miles de años a través de selvas y roquedales, hasta labrar un cañón de gran profundidad, como abra geológica cuyo fondo de 500 metros de continuados precipicios, se pierde en la lujuriante vegetación de un microclima semitropical de rocas, troncos y despeñaderos dignos de los pinceles del Doctor Atl.

Un proyecto intermunicipal de Tepa, Cuquío y Yahualica ofrecería a los buscadores de aventuras, la posibilidad de una docena de líneas de tirolesa a gran altura (más de 300 metros) y de longitudes de 200, 300 y 500 metros; acantilados para “bongie” de 150 metros de altura, y escarpas de 120 metros o más para la práctica de escala y “rappel”, al borde de una carretera escénica y al lado de dos balnearios de aguas termales con albercas azulejadas, y punto de partida para la práctica de senderismo por ambas márgenes del Río Verde.

Todo esto por la carretera Tepatitlán-Yahualica a 30 kilómetros de la Perla de Los Altos.

El Cerro de El Chiquihuitillo

Fue primitivamente, al decir de arqueólogos tan competentes como Phil Weigand y Acelia García, una colina natural de cima plana a la que los tecuexes dieron forma piramidal, complementándola con alrededor de 65,000 metros cúbicos de relleno del terreno circundante.

Alza solitario sus casi 250 metros de altitud, aislado de otras alturas al norte del valle de El Guayabo, y a 7 Kms. al Poniente de la población de Pegueros. Cuentan los antepasados, que todavía a principios del siglo XX había en la cúspide un orificio por el que salía una corriente de aire capaz de elevar un sombrero de ala ancha.

Phil Weigand escribió un opúsculo titulado “El Peñol del Chiquihuitillo Grandioso y Monumental” en el que describió las particularidades del monumento como un verdadero peñol defensivo, que muestra un adoratorio, un patio hundido y varias terrazas habitacionales, que todavía hace 20 años estaban protegidas por taludes de lajas, hoy destruidos por saqueadores de tumbas en busca de hipotéticos tesoros. El escritor norteamericano de libros de viajes John Pint y su esposa Susy se mostraron impresionados al visitarlo.

Existe la hipótesis no confirmada, de que el cuchillo ceremonial hecho de aleación de oro, encontrado en un pasadizo del mismo cerro, asombrosamente similar a los “tumi” de los Incas, haya dado el nombre a Tepatitlán, cuyos primitivos habitantes estaban en la Edad de Piedra a la llegada de los españoles, y un utensilio de esa naturaleza forzosamente habría de llamar la atención. Al efecto, la palabra náhuatl “Tecpatl” significa “pedernal” o Cuchillo de Sacrificar”, y no habiendo aquí pedernales, la otra acepción se hace viable.

El cuchillo en sí, está coronado, como los “tumi” peruanos, por una cabeza del rey Naylam de Lambayeque de aquel país, a quien sus sucesores divinizaron, y habría vivido allá por los años 700 a 1200, un poco antes de la famosa civilización Mochica, precursora a su vez de los Incas. El libro “Los Reinos Desérticos del Perú” del explorador y antropólogo Víctor W. von Hagen, trae en su portada un tumi casi idéntico al hallado en el Chiquihuitillo.

Cuando tal utensilio fue encontrado por unos muchachos que excavaron en un pasadizo hecho de paredes de adobe, cuentan que un grupo de judiciales federales les arrebataron el pectoral de oro que pendía del cuello de un esqueleto, y se salvó el cuchillo porque uno de ellos lo escondió en su bolsillo. Los tres esqueletos fueron también incautados y los judiciales los arrojaron a la fosa de restos áridos del cementerio de Tepatitlán, no sin antes amenazar a los mozalbetes con culparlos de la muerte de los tres.

En el cerro-pirámide se han encontrado idolillos, tiestos y tepalcates de indudable procedencia indígena. Allá por 1920, don Gonzalo Franco, del rancho El Mezquite encontró mientras araba sus tierras, un par de ídolos de piedra de regular tamaño, y se los llevó a su casa, pero de alguna manera llegó a oídos de las autoridades del Museo de Guadalajara y los incautaron.

Parroquia de San Francisco

Parroquia de San FranciscoLa parroquia de San Francisco, a semejanza de  la catedral de Guadalajara, es  la tercera construcción sobre un mismo emplazamiento, ya que las dos primeras, dedicadas también a San Francisco, no eran más que capillitas de adobe con techos de zacate y teja, suficientes, sin embargo, para dar cabida a los indígenas que habitaban en exclusiva el poblado.

No hay que olvidar que a pesar de su fundación hispánica de 1530 en el cerro de Raumalelí o de Moctezuma, San Francisco de Tecpatitlán era poco más que una aldea indígena situada en medio de una región poblada por indios tecuexes, y que los peninsulares  habían colonizado los campos de su derredor, tal como el cacique Mapelo mandó decir al Rey de España con un tono de mando que mucho le honra: “Dígales a sus españoles que se vayan a gobernar en sus ranchos y en sus haciendas; que en  Tecpatitlán mando yo”. Y esa discriminación “al revés” (los indios segregando a los blancos) persistió por lo menos hasta 1770, cuando fracasó la Villa de San José de Bazarte que habían edificado los españoles para vivir en ella.

Un buen día, allá por el año de 1742, el Sr. Cura Joseph Alejandro Caro Galindo despertó con la idea de que su parroquia era bastante fea y pobre, y como era hombre de acción, al terminar la misa primera empuñando un zapapico y una pala, empezó a derribarla hasta los cimientos. Algunos fieles lo secundaron en su labor, y a los pocos días toda la congregación se le había unido. El Corregidor don Miguel de Anda, no queriendo quedarse al margen, se apresuró a enviar a los presos de la cárcel municipal, quienes al principio de mala gana, no tardaron en entusiasmarse y colaborar en forma preponderante.

Los presos de fin de semana, por faltas administrativas como descargar su pistola al aire, “rayar” el caballo por la calle o embriagarse en la vía pública, eran clientes de cada sábado y domingo, tanto y más que las novias y esposas iban a llevarles el desayuno a  las obras, y a dirigirles bromas por estar en el bote y al cuidado de los “cuicos”  que con sus varas de membrillo imponían el orden.

Precisamente por la forma en que se llevó a cabo la construcción, no es de extrañar que sus paredes, de hasta más de un metro de espesor, sean un calicanto (mampostería) de “piedra braza”, (aquella que se puede cargar en los brazos sin necesidad de grúas ni malacates). Atinadamente el Sr. Cura Salvador Zúñiga mandó retirar el enjarre que ocultaba las piedras, y ahora el templo luce su aspecto sólido y señorial.

La construcción era verdaderamente sólida, pero además bella: su altar colateral labrado en estilo barroco en madera de sabino totalmente dorada con oro de hoja, era uno de los más bellos de la arquidiócesis. Lástima grande que una orden desatinada del Rey Carlos III de España, haya sido la causa de que fuera destruido junto con otras maravillosas obras de arte, porque ese monarca consideraba el barroco como “arte bárbaro” que merecía ser arrasado, y debería ser sustituido por estilo neoclásico. De este último estilo es nuestro templo parroquial, y a pesar de ello ostenta ornamentación plateresca que no logró desprenderse del barroco.

De 1898 a 1901 se hicieron obras de remozamiento: las tres cúpulas, el altar mayor hecho de mármol de Carrara, los cuatro evangelistas y el púlpito del mismo material, labrados por el arquitecto italiano Augusto C. Volpi. De esa época son también los murales de los lunetos del transepto, las pechinas y las capillas laterales, obras pictóricas del notable artista jalostotitlense Rosalío González. En la capilla del Calvario que está del lado de la epístola, hay un bellísimo grupo escultórico de La Piedad, labrado en madera por el Maestro de la escuela queretana Agustín Espinoza, que guardadas las debidas proporciones, no es menos hermoso que “La Pietá” de Miguel Ángel en El Vaticano.

Entre 1913 y 1925 el alarife tepatitlense Martín Pozos diseñó y construyó las dos esbeltas torres actuales que sustituyeron a las anteriores “achaparradas y feas”, basado en un catálogo de Vignola que le habían obsequiado.

En el nuevo bautisterio aledaño al pórtico, llama la atención un gran mural del Maestro Alfonso de Lara Gallardo que desarrolla el tema El Agua en la Redención del Hombre, y en la sacristía están los retratos al óleo de los últimos Señores Curas, obra de J. Inés Casillas.

El llamado “Pórtico” es un aditamento agregado alrededor del año 1900, con una mezcla de estilos totalmente ecléctica, pero aunque incongruente, lejos de afear el conjunto le da vista a la fachada que da a la calle de Córdoba.

El reloj que desde 1863 marca desde la base de una de las torres el ritmo de la vida tepatitlense, fue obra del mecánico tepatitlense don Mariano Esparza, utilizando materiales de la región, entre ellos, los engranes de madera de mezquite y la cuerda de soga de Chavinda.

Santuario del Señor de la Misericordia

Señor de la MisericordiaConstruido ex profeso entre 1840 y 1852 para aposentar la imagen milagrosa del Señor de la Misericordia, que un humilde campesino llamado Pedro Medina, encontrara el 6 de septiembre de 1839, delineada en el tronco y dos ramas de una encina en la barranca de Las Varas, en las faldas del Cerro Gordo, la mayor altura de la región de Los Altos.

Tras de ser encontrada la imagen, dos forasteros que casualmente pasaban por ahí, se ofrecieron a tallarla, y tras de hacerlo, no se les volvió a ver. Varios milagros obrados por el Cristo extendieron rápidamente su culto, y empezaron a venir devotos desde regiones lejanas, como lo muestran los innumerables exvotos o “retablos” que antes tapizaban las paredes, y ahora se encuentran expuestos en una cripta del mismo recinto sagrado.

Estos retablos (unos 750 aproximadamente) constituyen un tesoro artístico digno de tomarse en cuenta, de visitar y de custodiarse, porque algunos santuarios ya han sido saqueados por coleccionistas, como en el caso del de la Virgen de Talpa, al que Frida Kalho y Diego Rivera despojaron de la mayor parte de su acervo, los “regalaron” al francés André Bretón, y hoy andan en manos de anticuarios europeos. Existe todo un estudio y un catálogo de los más notables exvotos del Señor de la Misericordia.

Está ubicado por la calle de Hidalgo a tres cuadras al Sur del Palacio Municipal

La Calle Real

Llamada así a ejemplo de las ciudades españolas de antaño porque por ellas entraba el rey en sus ocasionales visitas. En la década de los 40 del siglo pasado, todavía era la entrada principal, y en ella se ubicaban algunas de las fincas de mayor abolengo de la ciudad. Vivir ahí era señal de status, y sus moradores acostumbraban por las tardes sacar sus sillas a la banqueta para ver y ser vistos por quienes iban rumbo al Santuario a visitar al Señor.

Muchas de esas casas tenían la fachada por la calle de Hidalgo, y la “puerta de campo” por la calle del Camarín, que está a sus espaldas. El advenimiento del progreso cambió las cosas: el precio de los terrenos se elevó a niveles impensables y muchos vendieron sus corrales, los automóviles y camiones atiborraron de ruido y de humareda, y ya no fue tan atractivo vivir ahí. De pronto vivir en el centro ya no fue símbolo de “ser alguien”, los suburbios se poblaron de residencias, las colonias de la periferia se pusieron de moda y ya hubo muchas calles importantes.

No obstante ello, quedan algunas casonas cuya arquitectura de los Siglos XIX y XX es una muestra del gusto de los tepatitlenses por la suntuosidad alambicada del “rococó” francés, como la finca que alberga el restaurante El Vitral, que fuera la casa habitación de don Victoriano Gutiérrez, y posteriormente de don Miguel Navarro. En las habitaciones y cocina se admiran los complicados tapices de llamativos diseños muy de su época, y todo el exterior está cubierto de follajes desde los dinteles de puertas y ventanas hasta los frontones triangulares. Por esta calle hay   abundancia de volutas y mascarones en las fachadas, pero también se ve una que otra finca que arquitectónicamente nada tiene que hacer, sino afear el entorno con recubrimientos de colores abigarrados, como la finca frontera precisamente a El Vitral. La prolongación norte de esta misma arteria, la calle de Porfirio Díaz, tiene también algunas fincas de antaño que son interesantes, como las tres de la familia del Dr. Plácido Padilla Romero, un gran terrateniente de tiempos idos. El Mercado Centenario y los portales clásicos como los viejos pueblos y ciudades, han sido remozados y forman un agradable conjunto. Como una curiosidad, el mascarón que luce la esquina de la finca donde ahora está BANAMEX es reproducción del rostro de su dueño don Pablo S Gutiérrez.

La Presidencia Municipal

Presidencia MunicipalEs un hermoso edificio de estilo neoclásico mixto, situado en el costado Oriente de la Plaza de Armas, mismo sitio donde se ubicaron las antiguas Casas Consistoriales para cuya ampliación donó el terreno doña Elena de la Rúa en el siglo XVIII.

En su paso hacia Guadalajara pernoctó aquí el Presidente Benito Juárez, y se le hizo la petición de fondos para  la restauración de la cárcel, mismos que concedió a través de la venta de algunos terrenos y fincas de la Desamortización de Bienes de Manos Muertas. Quedan vestigios de esas modificaciones introducidas en 1866, en los calabozos del segundo piso.

La apariencia actual de su  elegante fachada poniente  se debe al diseño del arquitecto  y presidente municipal Francisco de Paula Sandoval, quien inició las obras, para que fueran terminadas en 1908 a cargo de los primeros ediles Manuel Argáiz y José Mendoza López Schwertfeger, que dejaron su impronta en un símbolo masónico colocado en el pináculo por encima del Escudo Nacional con el águila porfiriana.

Las fachadas Oriente y Sur que complementan el aspecto imponente del Palacio fueron edificadas y complementadas en la década de los 50 por don José de Anda y Pablo. S. Gutiérrez.

En el cubo de la escalera que va al segundo nivel, se contempla un buen ejemplar de la muralística mexicana, obra del Maestro Rubén García, que se titula “Cinco Siglos de Historia” que en 80 metros cuadrados plasma una fecunda historia que va desde el arco y la flecha hasta el ratón de la computadora; desde la conquista hasta la industrialización, pasando por el acontecimiento central de la Guerra Cristera, en cuyo cenit campea Anacleto González Flores, defensor de la libertad religiosa. En las paredes y techo del zaguán que marca el ingreso se ve una serie de personajes de la Independencia y la Revolución, obra  del Maestro J. Guadalupe Ríos Córdoba, ejecutados durante las celebraciones del Bicentenario y Centenario.

Museo de la Ciudad

El Museo Regional de Tepatitlán está ubicado en una casona señorial que el Pbro. Miguel Pérez Rubio mandó construir a sus expensas para el capellán del Santuario del Señor de la Misericordia, que era él.

Durante los avatares de la Guerra Cristera el Gobierno Federal la expropió en 1928 para convertirla en escuela, y 70 años después se logró rescatarla para el Municipio, con la finalidad de convertirla en el Museo de la Ciudad.

Los Ayuntamientos subsecuentes de Rigoberto González Martínez, Enrique Navarro de la Mora y Ramón González González, invirtieron varios millones en su remodelación hasta lograr ponerla en servicio el año de 2001, aunque con muy pocas piezas en su acervo, pero la generosidad de los tepatitlenses encabezados por el Sr. Cura Salvador Zúñiga y el Dr. J.  Trinidad González Gutiérrez (quien donó más de 600 piezas arqueológicas), en poco tiempo colmaron las salas.

Hoy en día las 11 salas encierran interesantes colecciones de arqueología, numismática, aperos de labranza, utensilios, pinturas y textiles, fotografías, arte sacro, y una vasta selección de 32 reproducciones de museo, del pintor tepatitlense Martín Ramírez, apodado “El Van Gogh Mexicano” en su exposición del Museo de Arte Folclórico de Nueva York.Varios museos de Europa y de los Estados Unidos han organizado con enorme éxito exposiciones individuales y colectivas de sus obras

Hospital de Jesús

Entre las obras arquitectónicas diseñadas y construidas por el alarife (maestro de obras) tepatitlense don Martín Pozos, una de las menos conocidas, pero más hermosas, es sin duda alguna el Hospital de Jesús, que en su sección antigua es una construcción en forma radial alderredor de una capilla central a la que convergen todas las salas, de manera que los enfermos pudieran asistir a misa desde su cama.

El exterior de la cúpula es de estilo neoclásico que recuerda de lejos la de San Pedro en Roma, pero en reducidas proporciones, y se alza señorial dominando el edificio y cerrando por el viento norte la perspectiva del patio de ese espacio construido para aliviar el dolor humano.

El hospital fue costeado por el benefactor tepatitlense Bartolo Hernández, que lo financió totalmente con fondos de su tienda de ropa en Guadalajara y del Edificio Hernán donde habitaba. El diseño y la construcción corrieron a cargo de quien edificó las torres de la parroquia, don Martín Pozos.

El patio central está rodeado de bellos claustros moriscos por tres de sus lados, y por ellos discurren las religiosas en un ambiente de quietud alrededor de la fuente y los bien cuidados jardines, mientras que el cuarto lado ofrece una bella perspectiva de la cúpula.

Fue habilitado como “hospital de sangre” durante el segundo combate de Tepatitlán, y en sus azoteas estuvo emplazada una ametralladora pesada para hostigar a los cristeros que desde el templo de San Antonio dificultaban el avance de los federales.

Monumento a "Carnicerito"

Un grupo escultórico de épica belleza inmortaliza en bronce uno de los momentos más escalofriantes en la vida torera de José Loreto González López, conocido en el extranjero como “Carnicerito de Méjico” y en nuestra patria como “Carnicerito de Tepa”, el torero más valiente que ha visto la luz primera en México. Ésta, que pudiera parecer una exageración, en realidad no lo es, porque así lo dejaron consignado las crónicas taurinas de México, España y Portugal. Y decimos que el más valiente, ya que no el más artístico de estas tierras que los ha producido a raudales, porque tanto de nuestro país como de España, han salido “monstruos” de la tauromaquia como Manolete, Paco Camino, Gaona, Arruza y otros que han descollado por su toreo depurado, pero ninguno tuvo derroches tan estremecedores de valor como este paisano nuestro.

Respecto de él escribió un cronista español en un diario de Madrid: “Coloca escalofriantes pares de banderillas en el terreno donde sí pesan los toros, y se tira a matar como los mismos ángeles, él que es un diablo de la tauromaquia. Este mexicano  sin malicia y sin grandes elementos, se ha impuesto ahí donde otros fueron abucheados y perseguidos: ¡Gaona entre otros!”

En este monumento, que reproduce un lance de banderillas tomado de una de tantas fotografías de la época, Carnicerito de pie sobre el “estribo”, apoya la espalda en el ruedo mientras el toro embiste de frente, amenazando con clavarlo como mariposa en el maderamen. Las astas del burel rodean el pecho del diestro, haciendo que parezca casi imposible salir indemne de la suerte. Hay por lo menos cinco fotografías de otros tantos episodios de banderillas “cortas” y con los terrenos cambiados, que instrumentó el matador tepatitlense. En otra se ve con la rodilla doblada frente al astado y apoyando la frente en el testuz. También las hay colocando cortas y de rodillas.

Se encerró él solo con 6 toros en la monumental de Monterrey e hizo otro tanto   en la Monumental de Barcelona, logrando en ambas llenos completos y saliendo en hombros por la puerta grande. Ganó en México la “Oreja de Oro” la primera vez que fue disputado este trofeo, y lo volvió a ganar después. Batalló en España durante cinco temporadas grandes, y en 36 corridas logró cortar 86 orejas, hazaña que ninguno logró igualar.

Participó en muchas corridas al lado de la peruana Conchita Cintrón, “La Diosa Rubia del Toreo”, y alternó con los más famosos matadores de su época, como lo atestiguan los carteles taurinos que se exhiben en el Museo de nuestra ciudad. La misma Conchita vino desde Lisboa a descorrer el velo del monumento ubicado en la glorieta de la avenida que lleva el nombre del torero, el 20 de septiembre de 2007.

Víctima de su inmenso valor murió corneado por el toro “Sombrerero” de la ganadería de Falças de Alcochete, sangre de Miura, en la plaza de toros de Villaviçosa en Portugal, el 16 de septiembre de 1947.

El grupo escultórico, la venida de Conchita Cintrón y el banquete de bienvenida fueron costeados íntegramente por don Alfonso González González, empresario avícola y ganadero de nuestra ciudad.

Centro Universitario de los Altos

Como un sendero que empeñoso se abre paso hacia el conocimiento, el Campus Tepatitlán de la Universidad de Guadalajara se aferra a la topografía, sin perturbar la agreste soledad de este paraje alteño situado al Norte de la ciudad.

Desde la autopista de Los Altos que se extiende a su vera en amplitud de perspectivas, se miran los sinuosos corredores que enlazan las ringleras de aulas que ora se pierden en la cercana lejanía, ora se disimulan en las ondulaciones de pradales y colinas, donde la naturaleza virgen se asoma a los salones de clase, y las risas de los estudiantes armonizan con el canto de los cenzontles, en suave equilibrio que invita al estudio y la meditación.

Jamás un campus universitario que aspira a las alturas de la sabiduría, se apegó tanto al terreno, como un símbolo para quienes en sus claustros se preparan para servir a su patria chica y a México.

Naturaleza silvestre y raciocinios filosóficos sutiles, en apasionado contraste que sintetiza la manera de ser de los alteños; aspiración a lo sublime, temperada por un amor entrañable a las cosas de su tierra. Aquí y allá las líneas audaces del concreto muestran su pragmática sencillez, que sin romper la sintonía con el paisaje y los materiales de la localidad, añaden un toque de atinado modernismo a la comunidad estudiantil, que acepta la globalidad, pero se nutre de principios ancestrales.

Campus Tepatitlán de la U de G: ingenio de la mente humana en continuada comunicación con su entorno; ni éste distrae ni el otro desentona. Unidad y diversidad en una conjunción que envidiarían las más encumbradas universidades del planeta.

Es el sueño convertido en realidad del Arq. Fernando González Gortázar, que disfrutó de irrestricta libertad para el diseño y fondos suficientes para su ejecución. No escatimó la fantasía en pormenores puramente ornamentales, y nadie se arredró ante los gastos.  Un muro enchapado en azulejos de Talavera serpentea sinuoso de Oriente a Poniente, dividiendo nada o separando nada, en un alarde ornamental de triángulos contrapuestos, blancos y azules, que se pierden en la lejanía de una perspectiva visual, que semejando las escamas del cuerpo curvilíneo de una serpiente, no tiene más encomienda que embellecer, trazando de paso un paréntesis virtual, que más que separar, integra las aulas con el campo.

Un larguísimo corredor panorámico ondula y serpentea también por los senderos con la plasticidad del concreto, para desembocar de pronto en un alarde de bóvedas catalanas cuya paternidad no desdeñaría el mismísimo Gaudí, el arquitecto barcelonés de la Sagrada Familia y el Parque Güel. Los estudiantes conocen este paraje como “El Gusanito”, pero “La Oruga” sería más adecuada, porque éstas se convierten en crisálidas de donde emergen las mariposas, como una venturosa similitud con el estudiante universitario, que se transforma en las aulas para emprender el vuelo a las elevadas regiones del conocimiento.

Saliendo del gusanito, un nodo de escalinatas, más que subir y bajar comunicando los diferentes niveles, hacen juego de luces con sus sombras proyectadas, como una reminiscencia de aquel gran arquitecto Luis Barragán, que calculaba sus luces y sus sombras con la minuciosidad estudiada de un artífice de la pintura, y que heredó a sus discípulos la pasión por la luminosidad natural de sus colores.

Y ahí, al converger en Rectoría con otros corredores, los trazos minimalistas de circunferencias y columnatas, aquellas dejan entrever el cielo, y estas descargan su enorme peso en el suelo, como un simbolismo más de la región alteña: los ojos fijos en el cielo y los pies bien puestos en la tierra.

La estratégica sucesión de aulas sembradas en las curvas de nivel de esos contornos, forman el claustro luminoso que se abre al saber, y desde un ángulo inusitado lateral del Auditorio, la fachada norte del recinto ondula con la perspectiva visual de un pabellón que  despliega al viento sus colores, en un prodigio más de la fantasía del constructor. Una fuerte columna angular es el asta bandera enarbolando  los pliegues que el viento inexistente logra ondear, creando una ilusión de óptica en perspectiva de blanco y azul.

No, definitivamente no es un Campus convencional: los círculos predominan ahí donde las líneas rectas deberían imponer su dominio, pero los enormes vanos rectilíneos se combinan para formar un claustro virtual de luz y sombra sobre el piso, en arcadas de medio punto ahí donde no existe ningún arco. La textura agreste de los nopales, lejos de contrastar violentamente, se hermana con la tersura de los azulejos, y la esbeltez de los cipreses italianos que cierran la perspectiva, se eleva hierática sobre el verdinegro  boscaje de los robles, único remanente del Gran Robledal que en 1530 contemplaron nuestros ancestros.

Si se tuviera que resumir en cinco renglones cuanto aquí se lleva dicho, el Campus Tepatitlán de la U de G sería una joya dejada caer al desgaire sobre la alfombra del paisaje, para ser contemplada con los ojos del espíritu asomados a las pupilas, o como una gran obra maestra digna de contemplarse, como única que es en la América Hispana. Descrita puede ser; viéndola se puede creer… 

El Museo del Cactus y el Jardín Botánico

En medio de un paisaje que reboza vegetación como verdadero oasis de verdura, una hermosa pagoda de brillante colorido nos invita a penetrar en el mundo mágico, que es al mismo tiempo jardín botánico, museo de cactos y jardín japonés, todo ello en un mismo lugar, sin estorbarse, sin interferir ni perturbar la armonía de la naturaleza.

Ni siquiera hace falta salir de la ciudad, porque está en la periferia inmediata, por la Av. Luis Donaldo Colosio, en continuidad con el circundante caserío. La clásica portada ceremonial de ingreso a los templos japoneses, nos indica a las claras que estamos penetrando en un lugar sagrado, porque las pagodas son templos, y la vegetación que nos rodea es también un templo de la naturaleza que debe imponer respeto.

Con más de 120 variedades de cactos exquisitamente cuidados, y quizá otras 250 especies vegetales diversas, impresiona por su belleza. La perspectiva de la pagoda desde el lado Norte es simplemente encantadora con sus tejados de puntas levantadas, y flanqueada como está por dos leones de piedra que custodian la entrada.

Observando con detenimiento algunos cactos, salta a la vista una increíble similitud entre la vida oceánica y las cactáceas. Las Mamilaria aurorae y otras especies se apeñuzcan unas a otras a semejanza de los corales marinos en forma de colonias que pueblan nuestros  arrecifes ; en cambio los  Aerocarpus deben de plantarse lejos los unos de los otros porque si al crecer se pinchan con sus agudísimas espinas, algunos de ellos mueren, y el que pinchó primero, sobrevive. La lucha por la supervivencia no tiene misericordia entre las plantas, los animales y los seres humanos, porque rige la ley del más fuerte. La inflorescencia del cacto llamado flor de cuero, yace sobre la planta madre como una verdadera estrella de mar, solo que no tiene movimiento.

Senderillos de grava y tezontle bordean artísticamente el cactario donde viven y prosperan igualmente especies autóctonas que exóticas, de hojas crasas y espinosas algunas, mientras otras lucen cabelleras blancas y onduladas cual patriarcas del mundo vegetal.

En medio de ellos, y sin que nada tengan que compartir, los saguaros de Sonora y los Monstruos del Perú, espectaculares cactáceas de gran tamaño, se codean con las Flores del Desierto, verdaderos bonsái naturales de exquisita apariencia. Las flores de cacto, siempre exóticas y de colores llamativos, nos sorprenden gratamente porque brotan literalmente entre espinas; florecen una vez al año, y algunas tardan hasta 20 años para salir.

Llama la atención un arbolillo insignificante, parecido a nuestros ahuehuetes o sabinos, que está celosamente protegido por una malla de alambre, porque es un ejemplar todavía pequeño, pero valioso, de Sequoia gigantea de California, que ahora, como todo bebé, necesita protección, pero dentro de sólo mil años será un gigante vegetal de más de 100 metros de altura, capaz de arrostrar tempestades y ciclones, hasta llegar a ser el ser viviente de mayores dimensiones, y con el peso equivalente al de 30 ballenas juntas.

En los variados estanques multiformes al más bello estilo japonés, brillan con reflejos tornasolados miles de peces de colores de distintas variedades, que en amigable convivencia con las tortugas se sombrean y disimulan bajo las hojas circulares de los lotos, entre cuyos bordes se asoman las flores sagradas del país del sol naciente.

Allí las plantas del papiro egipcio, cuya legendaria existencia conocimos en la Historia Universal, como materia prima del primigenio papel, cuyo monopolio de comercialización  tenían los fenicios de la ciudad de Biblos, comparten amistosamente el agua con los ahuehuetes mexicanos que cantó Netzahualcóyotl y pueblan el bosque de Chapultepec.

En uno de los múltiples desniveles hay un estanque de nenúfares florecidos, de esos que dieron a conocer en Occidente los árabes sarracenos, y que extienden sus hojas enormes junto a los lotos venerados por los japoneses, Ahí podremos ver una tortuga que reposa tomando el sol mañanero cómodamente encaramada sobre una hoja tan grande como un plato.

Y el agua fluye por todas partes cristalina y transparente, brotando de ocultos veneros naturales nacidos ahí mismo, para deslizarse a ratos murmurante y a ratos  silenciosa, por multitud de pequeños canales que llevan la vida de un estanque a otro, y sirven de corredores de frescura a la bullente presencia acuática de miles de peces multicolores, que son una delicia contemplar  desde uno de tantos puentecillos con barandales de bambú, que crece ahí a grandes alturas, estimulado por la profusión de agua.

Es un espacio relativamente pequeño, pero que el dinamismo experto y amable de su propietario el Dr. Rafael Franco González, notable oftalmólogo de vanguardia y gran amante de la naturaleza, proporciona por lo menos una hora y media de descanso y grato placer en la contemplación de la belleza.

Plaza de Armas

Plaza de ArmasEn el corazón de lo que se conoce como el centro de la ciudad de Tepatitlán de Morelos encontramos la plaza principal mejor conocida como la Plaza de Armas, que recibe este nombre debido a que los soldados tomaban dicha planicie para reunirse.

Consta de un amplio cuadrángulo de 6,800 mts. Cuadrados en el cual al centro podemos encontrar el clásico kiosco que engalana la mayoría de las plazas de México, influencia que recibe de las plazas españolas.

El kiosco que podemos apreciar fue importado desde el país de Francia y fue armado por un Tepatitlense llamado Matías Plascencia, herrero de profesión,  así mismo cabe mencionar que ahí y de espaldas al lado norte podemos apreciar una escultura rodeando el kiosco de él mismo y otros tres ilustres personajes alteños.


Plaza Morelos

Rodeada por las calles Independencia, Samartín, Progreso y Jesús Reynoso se encuentra la Plaza Morelos, que consta de un cuadrángulo de 4,400 metros de superficie misma que recibe este nombre en honor a la escultura central en la que se aprecia a nuestro héroe independentista José María Morelos y Pavón que anteriormente ocupaba lugar de honor en el parque Morelos de Guadalajara  pero que más tarde fue donada por el Gobernador Medina Ascencio.

En esta plaza encontramos las clásicas bancas para que el transeúnte goce de descanso y disfrute del paisaje que esta plaza  ofrece así como dos fuentes rodeadas de flores  y en la esquina que colinda con la Parroquia de San Francisco una fuente cibernética cuyos surtidores ofrecen un espectáculo acuático y de luces al compás de la música.

Arco del Milenio

Arco del MilenioSituado a la entrada a la ciudad por la carretera que viene de San Juan de los Lagos se encuentra El Arco del Milenio se inauguró el 31 de diciembre del año 200 uniendose a la celebración del tercer milenio de la era cristiana.

Este monumento se encuentra al oriente de la ciudad sobre la plaza La Esperanza, la cual contiene un mural escultórico del Arq. Mario Morgado en el que se narra el desarrollo de Tepatitlán teniendo como centro la imagen del Señor de la Misericordia.

Sobre el piso de la plaza se encuentra el grabado de una rosa de los vientos y un busto a Cristóbal Colón enmarcado por una fuente y  sobre el entablamento del frente hay el lema “A quien vive de valores lo sostiene la esperanza” y en la parte posterior: “Al encuentro del tercer milenio”.